CURSO
DE ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA:
Por:
Sigifredo Enríquez Martínez
Antropología
filosófica
La antropología
filosófica (del griego άνθρωπος, ánthropos,
"hombre", y λόγος, logos,
"razonamiento" o "discurso"), es una escuela de pensamiento
fundada en Alemania en los años 1920 y 1930, de filósofos, antropólogos y sociólogos; este movimiento tuvo una
influencia decisiva en el panorama intelectual alemán del siglo XX.
«Nunca en la historia, tal
como la conocemos, el hombre ha sido más que un problema en sí» — Max Scheler.
La antropología
filosófica marca un punto de inflexión en la filosofía por medio de la crítica
de la tradición idealista y del dualismo cartesiano, (animalidad y racionalidad) con
una concepción del hombre como una unidad física (Animal) y psíquica
(Racional). Fue también una respuesta a la teoría del historicismo Alemán.
La base de su
planteamiento consistía en utilizar las enseñanzas de las ciencias naturales (biología, zoología, etología,(comportamiento de los animales), paleoantropología,
(estudio de la evolución humana)… etc.) y las ciencias humanas para tratar de
identificar las características de la especie humana, su posición específica en
el mundo en el entorno de los reinos mineral, vegetal y animal.
Contenido
Introducción
A través de la
historia podemos darnos cuenta de que el concepto del hombre, varía según las
diferentes culturas de los pueblos, es evidente que la definición que manejamos
de nosotros mismos resalta en gran parte la aptitud o respuesta que tengamos
ante nuestro entorno, el cual dependerá directamente del concepto que demos a
nosotros mismos como los seres humanos que somos. La antropología filosófica
pone como centro de su reflexión al ser humano, busca comprender al hombre como
un ser que vive y sabe que vive en este mundo.
El saber humano es
la dimensión propia del ser pues es el único ente biológico que necesita
comprenderse para saber quién es, quién quiere ser y qué puede hacer con su
vida. Pero para que estudiar antropología filosófica dentro de las carreras
sociales y humanas, acaso ese asunto no les compete solamente a aquellas
personas que siguen alguna licenciatura en filosofía, psicología, sociología o
antropología; pues no, la enseñanza de la antropología filosófica nos ayudara a
conocer y fundamentar el camino del ser humano, tratar de responder a las
cuestiones existenciales ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué es el
hombre?, etc.
El propósito de la
antropología filosófica es identificar las características de la especie
humana, tomando en cuenta todos los aspectos de la realidad: material,
biológica, económica, histórica, cultural, etc. Pero esto no significa que sea
el producto de una combinación o síntesis de diversas disciplinas. En este
sentido, la antropología filosófica no es una ciencia social, sino que está más
cerca a la Filosofía.
Como disciplina filosófica, no abandona su pretensión de
comprender al hombre más allá de los límites de las distintas ciencias.
La antropología
filosófica se pregunta, en primera instancia, por el origen del ser humano.
Su proceso de aparición y asentamiento en el conjunto de la realidad. Esta
cuestión puede condensarse en la pregunta: ¿Cómo surgió el hombre?
Además, se
pregunta por la naturaleza del ser humano, se pregunta lo que diferencia
al ser humano de todos los demás seres, cómo se define a través de su
existencia histórica, etc. Tales interrogantes fundamentales de la Antropología Filosófica
pueden ser condensadas en una pregunta radical: ¿Qué es el hombre?
Sin embargo no
todo es tan claro como parece, es necesario advertir que existe un gran debate
en torno al objeto de la antropología filosófica, hoy se ha vuelto más
problemático, debido a la multiplicación de discursos y nuevas teorías que
hablan acerca del origen y destino del ser humano. Lo que queremos decir es que
poseemos discursos acerca del hombre pero no la verdad ni una respuesta
concreta al sentido de la
vida. En síntesis no basta con saber que somos simples
personas pertenecientes a un sistema x, hace falta ir más allá de lo que
nuestros ojos pueden divisar, ampliar nuestra mente para poder comprender lo
que significa ser humano y poder darle una explicación a nuestra existencia en
el planeta Tierra.
II.- Concepciones y orígenes a
través de la historia
La antropología filosófica consisten en que “el saber humano, es
dimensión de todo ser humano.
El hombre necesita comprender que equivale a saber: ¿Quíén es? Que quiere ser? Y ¿Que
puede hacer con su vida?
Además la antropología
filosófica nos ayuda a conocer el camino
del ser humano. Y así mismo nos ayuda a responder las cuestiones existenciales
¿De dónde venimos?, ¿Hacia donde vamos?, y ¿Qué es el hombre?
Pero las ideas que
plantea la antropología filosófica, toda esa búsqueda de respuestas que el
hombre se han venido planteado a lo largo de la historia, sin embargo seria
hasta mediados del siglo XIX que nace la antropología como ciencia aunque la idea Antropofilosofica
se ha dado todo el tiempo.
El orígen del ser humano es u n proceso- aparición y asentimiento, en el
conjunto de la realidad, ¿Cómo surgió el hombre?, ¿Cuál es la naturaleza del
ser humano?, ¿Qué es lo que lo diferencia de los demás seres? ¿Qué en síntesis
el hombre?
- En la Edad Antigua
diversos autores ofrecieron reflexiones filosóficas sobre el hombre. Como
síntesis de sus ideas, podemos evocar a algunos de ellos:
Platón: El
hombre tiene un alma unida a un cuerpo, y necesita mover a ambos
simultáneamente (Timeo) si bien el alma tiene el primado sobre el cuerpo (Felón,
República).
Aristóteles:
El hombre es una sustancia compuesta de cuerpo y alma. (HILEMORFISMO)
En la Edad Media
reino un periodo geocéntrico, en el que todo gira en torno al concepto de Dios.
Al hombre se le interpreta por su relación con Dios, el hombre es un ser creado
por Dios a su imagen y semejanza (posesión de inteligencia y capacidad de
amar). Al hombre se le considera compuesto de cuerpo y alma, ésta es
considerada algo de naturaleza espiritual, libre e inmortal.
San Agustín
se apoya en un argumento platónico y dice respecto a Platón: “Nadie como Platón
se ha acercado tanto a nosotros”. Aparece, por tanto, la idea de salvación
eterna, ésta vida es un tránsito; un camino para conseguir la vida eterna por
medio de la virtud que consiste en obedecer los mandamientos de la ley de Dios
y conduce a la felicidad de la salvación eterna, la vida sólo tiene sentido
como camino de salvación. Lo contrario sería la condenación eterna.
En la Edad Moderna,
Descartes que es el iniciador de una
teoría del racionalismo, plantea que a nosotros se nos permite saber cuando un
conocimiento es verdadero o no lo es. “Una idea es verdadera cuando es evidente
a la razón”. Él cree que lo que distingue al hombre de los animales no es el
cuerpo sino el alma. Él argumenta que el alma es una verdad existente a la
razón y por lo tanto no se puede dudar de su existencia, identifica el alma con
nuestro pensamiento. Todos los hombres tienen conciencia de sí mismos y a esa
conciencia se le llama alma. (Cojito ergo sum) que equivale a afirmar: (Pienso
luego existo)
En la Edad
Contemporánea, Immanuel
Kant contrapone los conceptos de naturaleza y persona. La persona posee
conciencia moral y es el único ser que la posee. Kant define a
la persona como “la libertad e independencia frente al mecanicismo de la
naturaleza entera”. La persona es el único ser del universo sometido a leyes
propias, es decir, sometido a leyes puras, prácticas establecidas por su propia
razón. “La persona es la libertad de un ser racional sometido a leyes morales”.
Estas leyes morales de las que habla Kant se las da el ser racional a sí mismo,
lo cual no quiere decir que sean arbitrarias.
EVOLUCIÓN
HUMANA U HOMINIZACIÓN.- explica el
proceso de evolución biológica de la especie humana desde sus ancestros hasta
el estado actual. El estudio de dicho proceso requiere un análisis
interdisciplinario en el que se aúnen conocimientos procedentes de ciencias
como la genética, (relativa a la génesis del ser humano.) la antropología
física, (características del hombre en
sí), la paleontología, (estudio de los fósiles) la arqueología (El saber o conocimiento antiguo del ser) y la
primatologia. (orden de la aparición del hombre como primate). El término
humano, en el contexto de su evolución, se refiere a los individuos del género
Homo. Sin embargo, los estudios de la evolución humana incluyen otros
homínidos, como el Australopithecus, etc. Los científicos han estimado que las
líneas evolutivas de los seres humanos y de los chimpancés se separaron hace
entre 5 y 7 millones de años. A partir de esta separación la estirpe humana
siguió ramificándose originando nuevas especies, todas extintas actualmente a
excepción de Homo sapiens.
Los parientes
vivos más cercanos a nuestra especie son los grandes simios: el gorila, el chimpancé,
y el orangután. Demostración palmaria de este parentesco es que un mapeo del
genoma humano actual indica que Homo sapiens comparte casi el 99% de los genes
con el chimpancé. Para mayor precisión, el genoma de cualquier individuo de
nuestra especie tiene una diferencia de sólo el 0,27% respecto al genoma de los
chimpancés y de 0,65% respecto al genoma de los gorilas.
PSYQUE del griego psyché que significa
alma, es un concepto procedente de la cosmovisión de la antigua Grecia, que
designaba la fuerza vital de un individuo, unida a su cuerpo en vida y
desligada de éste tras su muerte. El término se mantiene en varias escuelas de
psicología, perdiendo en general su valor metafísico: se convierte así en la
designación de todos los procesos y fenómenos que hacen la mente humana como
una unidad.
La psiquis no es
sólo la conciencia del individuo, como tampoco es una suma de su conciencia y
su inconsciencia, o siquiera un trinomio entre estos y el superego. Esta
diferenciación entre "sectores" que parecen llevar a cabo tareas
relativamente definidas fue adoptada y estudiada por Freud, aunque él mismo
reconoce que no se trata en verdad de entidades claramente delimitadas, sino
parte de un todo, la psiquis.
La Psicología es
la ciencia que estudia la mente y la conducta o comportamiento humano, con un
amplio enfoque holístico, la disciplina abarca todos los aspectos de la
experiencia humana, desde las funciones del cerebro hasta el desarrollo de los
niños, de cómo los seres humanos y los animales sienten, piensan y aprenden
para adaptarse al medio que les rodea. La psicología moderna se ha dedicado a
recoger hechos sobre la conducta y la experiencia, y a organizarlos
sistemáticamente, elaborando teorías para su comprensión.
El problema de la naturaleza del hombre (esencia)
Naturalista o monismo antropológico
No hay una
diferencia esencial entre el hombre y el animal, sino diferencias de grado, de
modo que la vida superior del hombre resulta ser una forma más desarrollada,
perfeccionada o evolucionada de la serie animal. Las formas más altas de la
vida humana (pensamiento, lenguaje, arte, etc.) no son más que las resultantes
genéticas de procesos inherentes a las manifestaciones más elementales. Las dos
variantes de esta teoría son:
La concepción mecánico-formal:
El materialismo,
que reduce los fenómenos vitales y psíquicos a fenómenos físicos-químicos;
El sensualismo,
que considera que todas las formas de fenómenos psíquicos son formas más
complejas de los datos sensibles.
La concepción vitalista: que explica al hombre en su integridad por la
vida: el hombre se convierte en el último producto de la evolución vital. Esta
concepción se diversifica según qué se considere como decisivo en la variedad
de los impulsos vitales. Algunos le dieron importancia a los impulsos
nutritivos, otros a los impulsos de poder y otros a los impulsos sexuales.
Esencialista, dualista o dual
Estas afirman que
el hombre se distingue esencialmente no puramente de grado, de los demás seres
vivos pues en él hay un principio que le pertenece en exclusividad y que
entraña la posibilidad de una separación radical entre el hombre y el animal. El principio que diferencia al hombre puede
concebirse de distintas maneras: según Oscar Sierra el hombre es el que razona
al animal, en cambio el animal por no tener raciocinio no puede razonar al
hombre. Según autores del mundo antiguo y medieval, la diferencia básica entre
hombres y animales está en el hecho de que el hombre poseería un alma
espiritual, no reducible a los elementos materiales que componen el cuerpo
humano.
El hombre no es
algo que viene dado “esencialmente”, sino que se configura a través de sus
relatos, mitos, narraciones, saberes, creencias, construcciones culturales. En
todo esto tiene una importancia capital el lenguaje, que le brinda la posibilidad de
expresión y de “sentido”, pero también le muestra sus límites.
El hombre no está
“atado” a algo fijo o estático, sino que se va configurando. El ser humano se
debe a un desarrollo temporal (historia) y a la vez a un “proyecto” que le
configura como alguien en desarrollo, nunca acabado. En esta historicidad, el hombre no es un espectador
imparcial de los fenómenos, sino que se
ubica frente a los mismos desde presupuestos “heredados” (tradición) que le orientan.
Preguntas fundamentales a las que se intenta responder
En un sentido
amplio, las preguntas a las que la antropología filosófica trata de resolver
pueden ser tomadas como confusas y oscuras, por ende no hay una definición
teórica clara y unánime. Sin embargo, la concepción más compartida para cada
respuesta a las preguntas existenciales que se ha planteado el hombre, apuntan
hacia un postulado fundamental en que todos los seres humanos, en forma
individual, crean un significado propio para dar una esencia y justificar
nuestras vidas.
La antropología filosófica no crea ni se inventa los problemas del hombre
solamente los encuentra, los reconoce, los asume, los examina críticamente y al
contestar las preguntas de una manera positiva podemos sentir asombro o a su
vez admiración ya que nos sentiríamos seres trascendentes, pero si no logramos responder
las preguntas fundamentales podemos caer en una frustración y desilusión por no
haber logrado responder esas preguntas, las cuales son:
¿Qué es el
hombre? Por la denominación
científica es el Homo sapiens (hombre que piensa), entonces desde ese punto de
vista científico seria una especie animal constituida por los seres humanos,
perteneciendo al orden de los primates. Sus capacidades mentales le permiten
inventar, aprender y utilizar estructuras lingüísticas complejas, matemáticas,
escritura, ciencia, tecnología. Ahora desde un punto más espiritual decimos que
el hombre es un ser racional compuesto de cuerpo físico y alma, un ser que ama
y el mismo que posee un sin número de sentimientos.
¿De dónde
venimos? El proceso de evolución
biológica de la especie humana (hominización), nos habla de sus ancestros hasta
el estado actual, el ser humano desciende muy posiblemente del chimpancé. Ahora
desde el punto de vista de la religión fuimos creados por Dios, todo poderoso y
omnipotente.
¿Hacia dónde
vamos? El ser humano posee libre
albedrio, poder de decisión; pero desde un punto de vista más metafísico todos
tendríamos un destino. Allí planteamos más preguntas como ¿Cuál es el fin de la
raza humana? ¿Existe una misión para mí?, etc.
¿Qué es la
muerte? Según el punto de vista
de la ciencia de la tanatologia, la muerte es el fin del la existencia del ser,
se cumple el ciclo vital de la
vida. Pero desde una concepción más espiritual la muerte
seria solo el principio de una nueva vida en un más allá.
Como conclusion, cada persona
desarrolla a lo largo de su vida una respuesta para cada pregunta de estas,
dependiente de su punto de vista personal y su concepcion propia de la imagen
del ser humana. La tarea de la antropología filosófica es reunir las
conclusiones de las ciencias especializadas y las disciplinas filosóficas, por
lo que las respuestas se pueden dar de una manera sistemática a este tipo de
cuestiones.
En si se trata de
identificar dónde existen las respuestas evidentes o hipótesis metafísicas;
pero algo queda en claro la antropologia filosófica solo puede dar respuestas
relativas ósea sujetas a cambios pues todas las preguntas fundamentales de la
existencia humana, no tienen una conclusion absoluta.
La Antropología
(del griego ἄνθρωπος
anthropos, 'hombre (humano)', y λόγος, logos,
'conocimiento') es una ciencia social
que estudia al ser humano de
una forma integral. Para abarcar la materia de su estudio, la Antropología
recurre a herramientas y conocimientos producidos por las ciencias naturales y
las ciencias sociales. La aspiración de la disciplina antropológica es producir
conocimiento sobre el ser humano en diversas esferas, pero siempre como parte
de una sociedad. De esta manera, intenta abarcar
tanto la evolución biológica de
nuestra especie, el desarrollo y los modos de vida de pueblos que
han desaparecido, las estructuras sociales
de la actualidad y la diversidad de expresiones culturales y lingüísticas que caracterizan a la humanidad.
Las facetas
diversas del ser humano implicaron una especialización de los campos de la Antropología. Cada
uno de los campos de estudio del ser humano implicó el desarrollo de
disciplinas que actualmente son consideradas como ciencias independientes,
aunque mantienen constante diálogo entre ellas. Se trata de la Antropología física,
la Arqueología, la Lingüística y la Antropología social.Con
mucha frecuencia, el término Antropología sólo aplica a esta última, que
a su vez se ha diversificado en numerosas ramas, dependiendo de la orientación
teórica, la materia de su estudio o bien, como resultado de la interacción
entre la Antropología social y otras disciplinas.
La Antropología se
constituyó como disciplina independiente durante la segunda mitad del siglo XIX. Uno de los factores que
favoreció su aparición fue la difusión de la teoría de la
evolución, que en el campo de los estudios sobre la sociedad dio
origen al evolucionismo
social, entre cuyos principales autores se encuentra Herbert Spencer. Los primeros antropólogos
pensaban que así como las especies evolucionaban de organismos sencillos a otros más complejos,
las sociedades y las culturas de los humanos debían seguir el mismo proceso de
evolución hasta producir estructuras complejas como su propia sociedad. Varios
de los antropólogos pioneros eran abogados de profesión,
de modo que las cuestiones jurídicas aparecieron frecuentemente como tema
central de sus obras. A esta época corresponde el descubrimiento de los sistemas
de parentesco por parte de Lewis Henry Morgan.
La antropología
es, sobre todo, una ciencia integradora que estudia al hombre en el marco de la
sociedad y cultura a las que pertenece, y,
al mismo tiempo, como producto de éstas. Se la puede definir como la ciencia
que se ocupa de estudiar el origen y desarrollo de toda la gama de la
variabilidad humana y los modos de comportamientos sociales a través del
tiempo y el espacio; es decir, del proceso biosocial de la existencia de la
especie humana
SOMOS Y NOS HACEMOS PEERSONAS
Historia
Durante
el siglo XIX, la llamada entonces Antropología
general incluía un amplísimo espectro de intereses, desde la paleontología del cuaternario al folclore
europeo, pasando por el estudio comparado de los pueblos aborígenes. Fue por
ello una rama de la
Historia Natural y del historicismo cultural alemán que se
propuso el estudio científico de la historia de la diversidad humana. Tras la
aparición de los modelos evolucionistas
y el desarrollo del método científico
en las ciencias naturales, muchos autores pensaron que los fenómenos históricos
también seguirían pautas deducibles por observación. El desarrollo inicial de
la antropología como disciplina más o
menos autónoma del conjunto de las Ciencias Naturales coincide con el auge del
pensamiento ilustrado y posteriormente del positivista que elevaba la razón como una capacidad distintiva de los
seres humanos. Su desarrollo se pudo vincular muy pronto a los intereses del colonialismo europeo derivado de la Revolución
industrial.
Por razones que
tienen que ver con el proyecto de la New Republic norteamericana, y sobre todo
con el problema de la gestión de los asuntos indios, la antropología de campo
empezó a tener bases profesionales en Estados Unidos en el último tercio del s.
XIX, a partir del Bureau of American Ethnology y de la Smithsonian
Institution. El antropólogo alemán Franz Boas, inicialmente vinculado a este
tipo de tarea, institucionalizó académica y profesionalmente la Antropología en
Estados Unidos. En la Gran Bretaña
victoriana, Edward Burnett
Tylor y posteriormente autores como Rivers y más tarde Malinowski y
Radcliffe-Brown desarrollaron un modelo profesionalizado de Antropología
académica. Lo mismo sucedió en Alemania antes de 1918.
En todas las
potencias coloniales de principios de siglo (salvo en España) hay esbozos de
profesionalización de la Antropología que no acabaron de cuajar hasta después
de la II Guerra
Mundial. En todos los países occidentales se incorporó el
modelo profesional de la Antropología anglosajona. Por este motivo, la mayor
parte de la producción de la Antropología social o cultural antes de 1960 —lo
que se conoce como modelo antropológico clásico— se basa en etnografías
producidas en América, Asia,
Oceanía y África, pero con un peso muy inferior de
Europa. La razón es que en el continente europeo prevaleció una etnografía
positivista, destinada a apuntalar un discurso sobre la identidad nacional,
tanto en los países germánicos como en los escandinavos y los eslavos.
Históricamente
hablando, el proyecto de Antropología general se componía de cuatro ramas: la lingüística, la arqueología, la antropología
biológica y la antropología social,
referida esta última como antropología
cultural o etnología en algunos países. Estas últimas ponen especial
énfasis en el análisis comparado de la cultura —término sobre el que no existe
consenso entre las corrientes antropológicas—, que se realiza básicamente por
un proceso trifásico, que comprende, en primera instancia, una investigación de
gabinete; en segundo lugar, una inmersión cultural que se conoce como etnografía o trabajo de campo y, por último, el análisis
de los datos obtenidos mediante el trabajo de campo.
El modelo
antropológico clásico de la antropología social fue abandonado en la segunda
mitad del siglo XX. Actualmente los antropólogos
trabajan prácticamente todos los ámbitos de la cultura y la sociedad.
Origen de la pregunta antropológica
La pregunta
antropológica es ante todo una pregunta por el otro. Y en términos estrictos,
está presente en todo individuo y en todo grupo humano, en la medida en que
ninguna de las dos entidades puede existir como aislada, sino en relación con Otro.
Ese otro es el referente para la construcción de la identidad, puesto
que ésta se construye por «oposición a» y no «a favor de». La preocupación por
aquello que genera las variaciones de sociedad en sociedad es el interés
fundador de la antropología moderna. Fue de esa manera que, para Krotz, el asombro
es el pilar del interés por lo «otro» (alter), y son las «alteridades»
las que marcan tal contraste binario entre los hombres.
A pesar de que
todos los pueblos comparten esta inquietud, es en Occidente donde, por
condiciones históricas y sociales particulares, adquiere una importancia
superior. Es innegable que ya Hesíodo, Heródoto, y otros clásicos indagaban en
estas diferencias. Sin embargo, cuando Europa se halló frente a pueblos
desconocidos y que resultaban tan extraordinarios, interpretó estas exóticas
formas de vida ora fascinada, ora sobrecogida.
Colón toma posesión del Nuevo Mundo.
La Conquista de
América constituye un gran hito de la pregunta antropológica moderna. Los
escritos de Cristóbal Colón
y otros navegantes revelan el choque cultural en que se vio inmersa la vieja Europa. Especial
importancia tienen los trabajos de los misioneros indianos en México, Perú,
Colombia y Argentina en los primeros acercamientos a las culturas aborígenes.
De entre ellos destaca Bernardino de
Sahagún, quien emplea en sus investigaciones un método sumamente
riguroso, y lega una obra donde hay una separación bien clara entre su opinión
eclesiástica y los datos de sus «informantes» sobre su propia cultura. Esta
obra es la Historia de las cosas de la Nueva España.
Con los nuevos
descubrimientos geográficos se desarrolló el interés hacia las sociedades que
encontraban los exploradores. En el siglo XVI el ensayista francés Montaigne
se preocupó por los contrastes entre las costumbres en diferentes pueblos.
En 1724 el
misionero jesuita Lafitau
publicó un libro en el que comparaba las costumbres de los indios americanos
con las del mundo antiguo. En 1760 Charles de Brosses
describe el paralelismo entre la religión africana y la del Antiguo Egipto. En 1748 Montesquieu publica El espíritu de
las leyes basándose en lecturas sobre costumbres de diferentes
pueblos. En el siglo XVIII, fue común la presencia de relatores históricos, los
cuales, a modo de crónica, describían sus experiencias a través de viajes de
gran duración a través del mundo. En este caso se puede citar a Estanislao
de la Hoz. El siglo XIX vio el
comienzo de viajes emprendidos con el fin de observar otras sociedades humanas.
Viajeros famosos de este siglo fueron Bastian
(1826-1905) y Ratzel
(1844-1904). Ratzel fue el padre de la teoría del difusionismo que consideraba
que todos los inventos se habían extendido por el mundo por medio de migraciones,
esta teoría fue llevada al absurdo por su discípulo Frobenius (1873-1938) que pensaba que todos
los inventos básicos se hicieron en un solo sitio: Egipto.
Antropología moderna
Para el
establecimiento de una ciencia que incorporase las teorías filosóficas y los
programas generales ya elaborados, serían necesarios ciertos avances
metodológicos que no tuvieron lugar hasta finales del siglo XVIII y comienzos
del siglo XIX. En esta época se producen las primeras clasificaciones raciales
sistemáticas, como las de Linneo (1707-1778) y J. Blumenbach (1752-1840).
Durante este mismo período surgió la lingüística moderna, dominada durante el
s. XIX por la idea de que los idiomas podían clasificarse en familias y que los
pertenecientes a una misma familia eran ramas de un tronco común más antiguo.
Ello dio lugar al desarrollo de métodos comparativos sistemáticos con el fin de
poder reconstruir el idioma ancestral.
La regularidad de
las correspondencias fonéticas en idiomas emparentados fue presentada primero
por R. Rask (1787-1832) y divulgada por J. Grimm (1785-1863) a comienzos del s.
XIX, con lo que contribuyeron a consolidar la idea general de la existencia de
regularidades en el cambio cultural humano.
Otro tipo de
descubrimientos realizados en este período ampliaron de manera importante el
horizonte temporal del desarrollo humano y otorgaron legitimidad a la idea de
un progreso cultural gradual. Por una parte, el desciframiento de la escritura
egipcia por Jean-François Champollion (1790-1832), en 1821, alteró de forma
radical las ideas tradicionales acerca de la edad del hombre. Posteriormente, a
mediados del s. XIX, el reconocimiento de la validez del descubrimiento de
Boucher de Perthes (1788- 1868) de utensilios humanos del Paleolítico,
contemporáneos de mamíferos ya extinguidos. De este modo, la arqueología y las
teorías de Darwin concurrían en ofrecer una imagen del hombre como la de un ser
sólidamente anclado entre las demás especies animales del pasado, que pasa de
ser un antropoide carente de atributos culturales a transformarse en hombre a
lo largo de un prolongado período de cientos de miles de años.
Es durante la
primera mitad del s. XIX cuando la antropología comienza a adquirir el rango de
disciplina científica independiente y se crean las primeras sociedades
etnológicas o antropológicas en Inglaterra, Francia y Alemania. En este último
país, la palabra "Kultur" adquiere el sentido técnico que reviste en
la actualidad, término que será posteriormente introducido en el mundo de habla
inglesa por E.B. Tylor en su obra clásica "La cultura primitiva"
(Primitive Culture), publicada en 1871. En una tan detallada como amplia
panorámica de la evolución cultural humana y con una clara exposición de las
perspectivas teóricas de una ciencia de la cultura, el libro de Tylor representa
una obra fundacional en el desarrollo de la antropología moderna.
El devenir de la antropología durante el
siglo XX
En este apartado
se considera la consolidación de la antropología como una disciplina por
derecho propio. Sin embargo, no es, ni de lejos, un edificio monolítico. Como
todas las corrientes de pensamiento, se relaciona directamente con el contexto
social en el que se produce. De esta manera se puede entender la divergencia
entre las varias escuelas nacionales de la antropología, que se fueron consolidando
durante los últimos años del siglo XIX y la mitad del siglo XX.
El desarrollo de la sociología y la etnología francesa
La antropología
francesa tiene una genealogía menos clara que las tradiciones inglesa o
estadounidense. Muchos comentaristas consideran falsamente a Marcel Mauss como el fundador de la
tradición antropológica francesa. Mauss era un miembro del grupo del Annee Sociologique,
la revista dirigida por su tío Émile Durkheim y mientras Mauss estudiaba
la situación de las sociedades modernas, Mauss y sus colaboradores (como Henri Hubert y Robert Hertz) recurrieron a la etnografía y
filología para analizar las sociedades que no estaban tan diferenciadas como
las naciones-estado europeas. En particular, en el Ensayo sobre los dones
se probaría de relevancia permanente en los estudios antropológicos acerca de
las redistribución de los bienes y la reciprocidad.
En el periodo de
entreguerras, el interés en Francia por la antropología concurría en
movimientos culturales más amplios como el surrealismo y el primitivismo que recurrían a la etnografía
como fuente de inspiración. Marcel Griaule y Michel Leiris son ejemplos de personas que
mezclaron la antropología y la vanguardia francesa. En este periodo la mayor
parte de lo que se conoce como etnología se restringía a los museos, y la
antropología tuvo una estrecha relación con las investigaciones del folclore.
Sin embargo, fue
sobre todo Claude Lévi-Strauss
quien ayudó a institucionalizar esta ciencia en Francia. Además de la
trascendencia del estructuralismo,
Lévi-Strauss estableció vínculos con antropólogos estadounidenses e ingleses.
Al mismo tiempo estableció centros y laboratorios por toda Francia para proveer
de un contexto institucional para la antropología mientras entrenaba a
estudiantes influyentes como Maurice Godelier o Françoise Héritier
que se volvería muy influyente en su escuela. Muchas particularidades de la
antropología francesa actual son consecuencia de que se investigue en
laboratorios privados más que en universidades.
El culturalismo estadounidense
Los primeros antropólogos estadounidenses se
volcaron al estudio de los indígenas de su país. En la foto, una joven zuñi, pueblo de Nuevo México.
La corriente
culturalista fue llamada de esa manera por el especial interés que puso en el
análisis de la cultura, a diferencia de la antropología social británica
(interesada en el funcionamiento de las estructuras sociales), y la etnología francesa desarrollada por Émile Durkheim y Marcel Mauss.
Los pioneros de la
antropología estadounidense fueron miembros del staff del Bureau of Indian
Affairs ('Agencia de Asuntos Indios') y del Smithsonian Institution's
Bureau of American Ethnology ('Agencia de Etnología Estadounidense del
Instituto Smithsoniano'), como John Wesley Powell
y Frank
Hamilton Cushing. La antropología académica en Estados Unidos fue
establecida por Franz Boas, quien
aprovechó su puesto en la Universidad de Columbia y el Museo Americano de
Historia Natural para entrenar y desarrollar múltiples generaciones de
estudiantes.
La antropología de
Boas era políticamente activa y sospechaba de las investigaciones del gobierno
o los mecenas. También era rigurosamente empírica y escéptica de
generalizaciones e intentos de establecer leyes naturales. Boas estudió hijos
de inmigrantes para demostrar que las razas biológicas no eran inmutables y que
la conducta y el comportamiento de cada grupo humano eran resultado de su
propia historia y de las relaciones que hubiera
establecido a lo largo del tiempo con su entorno social y natural, y no del
origen étnico del grupos o leyes naturales. Para Franz Boas raza, lengua y cultura eran
variables independientes que no podían explicarse en relación con las demás.
Partiendo de la
filosofía alemana, Boas (que era austriaco) sostuvo la diversidad de culturas
cuya evolución no podía ser medida respecto a la civilización europea. Boas
propuso como premisa básica que cada cultura debía ser estudiada en su
particularidad; y que no era posible generalizar sobre culturas diferentes, tal
como se había venido haciendo en la naciente antropología por imitación de las
ciencias naturales (Boas, 1964: Cap. III).
La primera
generación de estudiantes de Boas incluyó a Alfred Kroeber, Robert Lowie y Edward Sapir. Ellos produjeron estudios muy
detallados que fueron los primeros en describir a los indios de América del
Norte. Al hacer eso, dieron a conocer una gran cantidad de detalles que fueron
usados para atacar la teoría del proceso evolutivo único. Su énfasis en los idiomas indígenas contribuyó al desarrollo de la lingüística moderna (comenzada por Ferdinand de
Saussure) como una verdadera ciencia general.
La publicación del
libro Anthropology (Antropología), escrito por Alfred Kroeber, marcó un punto clave en la
antropología estadounidense. Tras décadas de recopilación crecieron las ganas
de generalizar. Eso fue más evidente en los estudios sobre cultura y
personalidad llevados a cabo por boasianos como Margaret Mead (1967), Ralph Linton (1972) y Ruth Benedict (1964). Influenciados por Sigmund Freud y Carl Jung. Estos autores analizaron cómo
las fuerzas socio-culturales forjan la personalidad individual.
El funcionalismo británico
Los
antropólogos británicos se especializaron en el estudio de las sociedades
colonizadas por la Corona británica. Radcliffe-Brown decía que la antropología
social tenía por objeto el conocimiento de aquellas sociedades para apoyar la
tarea de los administradores coloniales. En la imagen, un grupo de zulúes
comiendo.
Tesis centrales del funcionalismo
El funcionalismo
se inspiró en la obra de Émile Durkheim. Apelaba al paralelismo
estricto entre las sociedades humanas y los organismos vivos (Radcliffe-Brown,
cap.8; Durkheim, 2000: cap. V), en lo que respecta a la forma de evolución y
conservación. Tanto en las estructuras sociales como en los organismos
biológicos, la armonía depende de la interdependencia funcional de las partes.
Las funciones, a la luz de este enfoque, son analizadas como obligaciones
(comportamientos necesarios) en las relaciones sociales. La función sustenta la
estructura social, permitiendo la cohesión fundamental, dentro de un sistema de
relaciones sociales.
Una mirada histórica sobre el funcionalismo británico
Mientras que el
antropólogo particularista Franz Boas insistía en prestar atención a los
detalles, en Gran Bretaña la antropología moderna fue formada mediante el
rechazo de reconstrucción histórica en el nombre de una ciencia de la sociedad
que se concentraba en analizar como se mantenían las sociedades en el presente.
Las dos personas
más importantes en esta tradición fueron Alfred
Reginald Radcliffe-Brown y Bronislaw
Malinowski, quienes lanzaron sus obras seminales en 1922.
Las investigaciones iniciales de Radcliffe-Brown en las islas Andamán fue realizada al estilo
antiguo, pero luego de leer a Émile Durkheim publicó el relato de su
investigación (simplemente titulado The Andaman Islanders) que estaba
muy influenciado por el sociólogo francés.
Al pasar el tiempo
fue desarrollando un enfoque conocido como funcionalismo
estructuralista que se concentraba en como las instituciones de las
sociedades buscaban balancear o crear un equilibrio en el sistema social para
que siguiera funcionando armoniosamente. Malinowski, en cambio, defendía un
funcionalismo que examinaba la forma en que la sociedad funcionaba para
satisfacer las necesidades individuales. Sin embargo, Malinowski no es conocido
por esta teoría, sino por su etnografía detallada y
sus avances en metodología. Su
clásico Los argonautas del Pacífico Occidental defendía la idea de que
hay que obtener "el punto de vista del nativo" y un enfoque que
buscaba que los investigadores hicieron su trabajo en la sociedad
correspondiente, el cual se convirtió el estandarte en esta disciplina
(Malinowski 1973: Introducción).
Tanto Malinowski
como Radcliffe-Brown tuvieron éxito gracias a que, como Boas, entrenaron
activamente a sus estudiantes y desarrollaron instituciones que ayudaron a sus
ambiciones programáticas, en especial en el caso de Radcliffe-Brown, que
esparció sus planes para la antropología social enseñando en universidades a lo
largo de todo el Mancomunidad Británica de Naciones. Desde fines de los años 1930 hasta el período posguerra se
editaron una serie de monografías y volúmenes editados que establecieron el
paradigma de la antropología social británica. Las etnografías más famosas
incluyen Los Nuer, de Edward Evan
Evans-Pritchard, y The Dynamics of Clanship Among the Tallensi
por Meyer Fortes, mientras que los volúmenes más conocidos que fueron editados
incluyen Sistemas africanos de parentesco y matrimonio y Sistemas
políticos africanos.
Funcionalismo, Funcionalismo estructuralista, Antropología
cognoscitiva, Antropología simbólica y Ecología cultural
La teoría
funcionalista vio a la cultura como un elemento para satisfacer las necesidades
del individuo en la
sociedad. La teoría funcionalista estructuralista acentuó la
contribución que hacen las diferentes partes del sistema social al
mantenimiento de la sociedad total.
La antropología
cognoscitiva interpreta a la cultura como un programa para la conducta, más que
la conducta en sí misma, la antropología simbólica enfatiza a la cultura como
un sistema compartido de símbolos y significados.
Los ecólogos
culturales están primariamente interesados en la cultura o los sistemas
socioculturales entendiéndolos como un sistema de conducta transmitido
socialmente y que sirve para conectar a las comunidades a sus asentamientos
naturales.
Antropología y Etnografía soviética
Durante las siete
décadas que duró la experiencia socialista en la extinta URSS, se
desarrolló un particular método de etnografía, en particular analizando el
impacto de la experiencia socialista en la cultura, así como el estudio de la
diversidad cultural en la
URSS. Uno de sus exponentes más importantes es Pavel Ivanov
Kouchner.
La antropología en Latinoamérica
La antropología
latinoamericana enraíza en la escuela culturalista estadounidense de Boas. Uno
de sus alumnos, Manuel Gamio,
fundó la tradición antropológica mexicana, y el mismo Boas dio clases en ese
país.
Su desarrollo como
disciplina científica en casi todos los países del subcontinente está ligada
con la actividad estatal. De hecho, en el período comprendido aproximadamente
entre los años 1930 y 1970,
en muchos países de América Latina se fundaron instituciones antropológicas
paraestatales que tenían la función de planificar y desarrollar programas de
desarrollo dirigidos a la integración de los indígenas en la sociedad nacional.
Posteriormente,
durante la década de 1960 y hasta 1980 aproximadamente, la antropología
iberoamericana recibió una fuerte influencia del marxismo, que se convirtió en la corriente
dominante en muchas de las instituciones formadoras de los antropólogos
iberoamericanos. El avance de la teoría marxista en la antropología de la
región puso el énfasis de la investigación social en cuestiones relacionadas
con el subdesarrollo,
las comunidades campesinas, la cuestión indígena y su exclusión con respecto al
resto de la sociedad. Al
mismo tiempo, los antropólogos volvieron la mirada a la ciudad, interesados en
el fenómeno de la rápida urbanización que se vivía en países como Argentina, Brasil, México y Perú; proceso que iba acompañado de un
deterioro en las condiciones de vida de las familias citadas de primera
generación.
La antropología en tiempos modernos
En
la década de los setenta, la antropología ecológica tomó un gran impulso. Uno
de los más clásicos ejemplos de esta corriente es Marvin Harris y el materialismo
cultural, para quien los más misteriosos comportamientos de
la humanidad (como el culto a las vacas en India) podían ser interpretados con
base en razones prácticas (Harris, 1996: cap I). Friedman (2003) resume la
polémica surgida en torno a este tipo de trabajos.
Antes de la Segunda Guerra
Mundial la antropología social británica y la antropología cultural
estadounidense mantenían posturas diferentes sobre su método y concepción de la antropología. Tras
la guerra, se acercarían hasta crear una antropología sociocultural.
En los años 1950 y
la mitad de la década siguiente la antropología tendió a modelarse siguiendo la
ciencia natural. Algunos, como Lloyd
Fallers o Clifford Geertz,
se concentraron en los procesos de modernización a través de los cuales se
desarrollarían los nuevos Estados independientes. Otros, como Julian Steward o Leslie
White estudiaron la forma en que las sociedades evolucionan sobre su
ambiente ecológico —una idea popularizada por Marvin Harris—.
La antropología
económica, influenciada por Karl Polanyi y desarrollada por Marshall Sahlins y George
Dalton resaltaron las debilidades conceptuales de la economía tradicional para abordar los
mecanismos de explotación y distribución de los bienes en las sociedades
precapitalistas. Acusaban que las teorías ortodoxas ignoraban los factores
culturales y sociales en estos aspectos de la esfera económica social, y que
por tanto, sus preceptos no eran universales. En Inglaterra, el paradigma de la Sociedad Británica
de Antropología fue escindido cuando Max Gluckman y Peter
Worsley se inclinaron hacia el marxismo. Lo mismo ocurrió en el
momento que Rodney Needham
y Edmund Leach incorporaron el
estructuralismo de Lévi-Strauss a su análisis antropológico (por ejemplo, en la obra Cultura
y comunicación... del primer autor).
En la década de
los años 1980 la cuestión del poder —analizada
por Eric Wolf en Europa y los pueblos sin
historia— fue central en la disciplina. Libros como Anthropology and the
Colonial Encounter consideraron los vínculos entre la antropología y la
inequidad colonial, al tiempo que la amplia popularidad de teóricos como Antonio Gramsci y Michel Foucault llamaron la atención hacia
los temas del poder y la
hegemonía. El género y la sexualidad se convirtieron en temas
centrales. Lo mismo ocurrió con la relación entre historia y antropología,
relación analizada por Marshall Sahlins,
que llevó a Lévi-Strauss
y Fernand Braudel a examinar la relación
entre la estructura social y el agente individual.
A finales de los
ochenta autores como George
Marcus y Clifford Geertz
cuestionaron la autoridad etnográfica, particularmente en el cómo y el por qué
es posible el conocimiento y la autoridad de la antropología. La
crítica de estos autores se centra en la supuesta «neutralidad» de los
etnógrafos. Forma parte de la tendencia posmodernista contemporánea. En los últimos
años (1990–2006) los antropólogos han prestado más atención a la medicina y
biotecnología, la globalización, los derechos indígenas y la antropología
urbana. Es importante señalar que, en especial, los dos últimos temas (derechos
indígenas y antropología urbana) se encontraban presentes en la discusión
antropológica de los países latinoamericanos. Como ejemplo tenemos el análisis
de la cultura de la pobreza, emprendido por Oscar Lewis en la ciudad de México en la
década de los cincuenta, y los trabajos de la corriente indigenista
latinoamericana surgida a partir de la década de 1930 y que concluye con el México
profundo de Guillermo
Bonfil.
- II.
Antropología Cristiana
1.
EL CONCEPTO. En la concepción más genuinamente cristiana del término, la
revelación no tiene otro objeto sino Dios mismo, que se da a conocer mediante
Cristo, Verbo encarnado, para que los hombres, en el Espíritu Santo, por medio
del mismo Cristo tengan acceso al Padre (cf Vaticano II, DV 2). El hombre, en
una primera aproximación, es el destinatario de la revelación y de la salvación
que ésta anuncia y realiza, no su objeto directo. Pero, por otro lado, el
conocimiento de Dios y de la salvación que en Cristo se nos ofrece nos descubre
la definitiva vocación del ser humano, el designio de Dios sobre él, con una
profundidad que de otro modo no nos hubiera sido nunca accesible. En este
sentido el hombre, precisamente en cuanto destinatario de la revelación divina,
se convierte también en objeto de la misma. Sólo a la luz de la salvación que Cristo
nos trae descubrimos a qué estamos llamados y, por consiguiente, quiénes somos:
"Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de
su amor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación" (GS 22). La revelación cristiana presupone el
hombre y por tanto una cierta idea que éste tendrá de sí mismo; pero, por otra
parte, la novedad de la encarnación del Hijo no puede dejar de enriquecer e
iluminar esta visión. Por tanto, a partir de la revelación el cristianismo
puede, y aun debe, reivindicar una noción propia del hombre, que en muchos
aspectos coincidirá con la que ofrezcan la filosofía y las ciencias humanas y
que deberá enriquecerse con sus aportaciones, pero que poseerá una
irrenunciable originalidad. En este sentido hablamos de "antropología
cristiana".
2.
EL HOMBRE, CREADO A IMAGEN DE Dios. De
hecho, si bien es claro que la Sagrada Escritura no trata de ofrecernos una
antropología sistemática, es igualmente evidente que habla del hombre en
muchísimas de sus páginas, comenzando por las primeras. El relato yavista de la
creación y la caída (Gén 2-3) nos presenta ya al hombre como el centro de la
obra creadora de Dios: es formado por sus manos y recibe la vida del propio
aliento divino (Gén 2,7). Para él planta Dios el jardín de Edén y le ordena que
ponga nombre a los animales (cf Gén 2,9.19-20); le da, por último, una ayuda
adecuada, porque no es bueno que el hombre esté solo (cf Gén 2,9.20-24).
Tenemos aquí el núcleo de una profunda antropología: el hombre está llamado a
servirse de la creación y a dominarla y es un ser eminentemente social, hecho
para estar en comunión con los otros. Pero vivirá solamente si mantiene la
relación con Dios, que lo ha creado y le ha comunicado su misma vida, y si es
fiel a sus mandatos (cf Gén 2,16). Esto quiere decir que la relación con Dios
es esencial al hombre y es aquella dimensión totalizante a partir de la que se
articulan todas las demás.
El
relato sacerdotal de Gén 1, 1-2,4a señala también la primacía del hombre sobre
el resto de la creación.
Se introduce aquí por primera vez la idea de la creación del
hombre a imagen y semejanza de Dios (cf Gén 1,26-27); ésta es la característica
del ser humano que el concilio Vaticano II (GS 12) coloca en primer lugar
cuando trata de explicar la respuesta de la Iglesia al interrogante acerca del
hombre, sobre el que se han dado a lo largo de la historia, y se dan todavía,
opiniones tan diversas, e incluso contradictorias. Merece la pena, por tanto,
que veamos brevemente el sentido de estas expresiones y el modo como han sido
interpretadas en la Biblia y en la tradición de la Iglesia hasta el momento
actual.
El
dominio del hombre sobre las criaturas es un elemento que encontramos también
presente en el documento sacerdotal, y deriva ciertamente del hecho de su
creación a imagen y semejanza de Dios (cf Gén 1,26-27); igualmente se pone de
relieve en estos versículos el carácter social del hombre; el hombre hecho a
imagen de Dios es varón y mujer. Pero también aquí la relación del hombre con
Dios, aun con la diferencia radical entre Creador y criatura, es lo que parece
determinante. El simple dato de que Dios cree "a su imagen y
semejanza" cualifica en primer lugar el obrar divino, y determina a su vez
que el hombre sea distinto de las demás criaturas. El ser humano ha sido creado
para existir en relación con Dios, para vivir en comunión con él. Estos mismos
elementos se hallan en Gén 5,1-3, donde se establece además una cierta analogía
entre la creación del hombre por Dios a su imagen y la generación de Set según
la semejanza e imagen de su padre Adán. La condición de imagen de Dios hace que
la vida humana sea sagrada (cf Gén 9,6). El dominio sobre el resto de las
criaturas y la vocación de Dios a participar de su vida inmortal son los puntos
que se ponen de relieve en relación con la creación del hombre a imagen y
semejanza divina en los otros textos del AT donde vuelve a aparecer este motivo
(cf Si 17,3; Sab 2,23; cf también Sal 8,5-9).
En
el NT se afirma que la imagen de Dios es Cristo (cf 2Cor 4,4; Col 1,15; también
Heb 1,2; Flp 2,6). Esto no significa que se olvide la condición del hombre como
creado a imagen y semejanza de Dios; por el contrario, se afirma que el hombre
ha sido llamado a convertirse en imagen de Jesús si acepta por la fe la
revelación de Cristo y la salvación que éste le ofrece (cf 2Cor 3,18); el Padre
nos ha predestinado a conformarnos según la imagen de su Hijo, para que éste
sea primogénito entre muchos hermanos (cf Rom 8,29); y como hemos llevado la
imagen del primer Adán, el terrestre, hecho alma viviente, llevaremos también
la imagen del Adán celeste, Cristo resucitado, en la participación de su cuerpo
espiritual (cf 1Cor 15,45-49). El destino del hombre es, por consiguiente,
pasar de ser imagen del primer Adán a serlo del segundo; todo ello no es algo
marginal o accesorio a su "esencia", sino que esta vocación a la
conformación con Cristo y a revestir su imagen constituye lo más profundo de su
ser. Junto a esta reinterpretación cristológica del tema de la imagen notamos
en el NT una fuerte orientación escatológica de este motivo (cf también (Jn
3,2). Con todo, no es aventurado afirmar que si el hombre está orientado a
Cristo como meta final de su existencia, esta ordenación, de un modo o de otro,
ha de existir desde el principio. Es convicción general del NT que el orden de
la creación y el de la salvación se hallan en relación profunda: todo ha sido
hecho mediante Cristo y todo camina hacia él (cf 1 Cor 8,6; Col 1,15-20; Ef
1,3-10; Jn 1,3.10; Heb 1,3); Jesús es alfa y omega, principio y fin de todo (Cf
Ap 1,8; 21,6; 22,13).
La
reinterpretación cristológica del motivo de la imagen prosiguió en la teología
patrística. Ya en relación con el momento de la creación, y no sólo con el de
la consumación final, se pone de relieve la ejemplaridad del Verbo. En efecto,
sólo el Hijo es la imagen de Dios. El hombre no es estrictamente
"imagen", sino que ha sido hecho "según la imagen". Pero
aunque esto sea reconocido en general por todos, defieren las escuelas de la antigua Iglesia
cuando se trata de precisar el significado de la imagen de Dios que es el Hijo;
ello tendrá inmediatamente consecuencias antropológicas. Por una parte, los
alejandrinos (Clemente, Orígenes; les seguirá sustancialmente san Agustín)
consideran al Verbo preexistente la imagen de Dios; según esta imagen ha sido
creado el hombre. Por ello la imagen de Dios en el ser humano sólo hace
referencia a su elemento espiritual, el alma. Por el contrario, otros padres y
escritores eclesiásticos (san Ireneo, Tertuliano) considerarán que la imagen de
Dios Padre es el Hijo encarnado, que da así a conocer al Dios invisible. El
hombre ha sido creado desde el primer instante según la imagen del Hijo, que
habría de encarnarse y resucitar glorioso en su humanidad. Cuando Dios modelaba
al primer Adán del barro, pensaba ya en su Hijo que habría de hacerse hombre y
ser así el Adán definitivo. Según esta línea de pensamiento, el hombre ha sido
creado a imagen de Dios según todo lo que es, en su alma y en su cuerpo, con
una insistencia especial en este último. Ningún aspecto del ser humano queda
excluido de esta condición de imagen, ya que todo él ha sido llamado a
participar de la resurrección de Cristo. A pesar de estas notables diferencias,
hallamos de nuevo unida la teología de los primeros siglos en la distinción
entre la imagen y semejanza divinas: mientras la primera viene ya. dada con la
creación, la segunda se. refiere a la perfección escatológica, a la consumación
final. Aunque esta distinción no encuentre un apoyo totalmente literal en la
Escritura, no es del todo ajena a ella (cf Un 3,2), y por otra parte pone bien
de relieve un aspecto muy presente en el NT: el carácter de camino de la
existencia humana, la necesidad constante del progreso en la unión y el
seguimiento de Jesus.
Esta
distinción no se mantuvo en general en los tiempos sucesivos. Por otra parte,
el sentido cristológico de la creación del hombre a imagen y semejanza divina
se ha hecho menos explícito en la teología y en la conciencia cristiana. Por
ello es tanto más de alabar la contribución del concilio Vaticano II en la GS,
al poner, como notábamos ya, en el hecho de la creación del hombre a imagen y
semejanza de Dios el comienzo y la base de la respuesta cristiana al
interrogante sobre el misterio del ser humano. Según el número 12 de la
constitución pastoral, esta condición significa ante todo que el hombre es
capaz de conocer y amar a su Creador, es decir, que es capaz de entrar en
relación personal con Dios. A ello se añade su posición de señorío sobre las
criaturas terrenas, de las que se ha de servir para gloria de Dios, y la
condición social del ser humano, llamado a existir en la comunión
interpersonal. Como se ve, se recogen aquí muchas de las intuiciones que
veíamos. presentes en nuestro rápido recorrido escriturístico, sobre todo del
AT: Pero este número 12 de GS ha de leerse juntamente con el número 22, que
citamos al comienzo de estas páginas: "El misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre,
era figura del que tenía que venir (cf Rom 5,14), es decir, Cristo nuestro
Señor... No es extraño, por consiguiente, que todas las verdades antes
expuestas encuentren en Cristo su fuente y en él alcancen su vértice. El que es
imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha
devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer
pecado..." La orientación cristológica de la antropología cristiana ha
sido, por tanto, fuertemente subrayada por el concilio (como también en el
magisterio de Juan Pablo lI; cf, p.ej., Redemptor hominis 8,2; 13,13;
28,1).
Naturalmente,
el magisterio de la Iglesia no ha explicado en detalle las relaciones entre la
cristología y la antropología. Éstas no son entendidas de modo totalmente
idéntico por la teología contemporánea. Rebasaría los límites de este artículo
la exposición, siquiera sucinta, de las diferentes posiciones y modelos de
explicación. Pero para todos es claro que, al recoger la revelación de Cristo,
el hombre encuentra respuesta a sus más profundos interrogantes. Seguir a
Cristo no es, por consiguiente, algo que se le imponga solamente desde fuera y
que no tenga relación ninguna con su ser. Todo lo contrario. Solamente en Jesús
alcanza la definitiva, porque desde el primer instante de la creación Dios le ha
impreso esta orientación. Por ello el concilio Vaticano II (GS 41) puede
afirmar que quien sigue a Cristo, el hombre perfecto, se hace también él más
hombre. La novedad indeducible de la encarnación del Hijo de Dios, fruto
solamente del libérrimo designio de salvación del Padre, y la orientación del
mundo y del hombre hacia Cristo de tal manera que éste constituye la perfección
a que tienden en este concreto orden de creación, serán dos puntos (sólo en
apariencia contradictorios) que la teología cristiana, y en especial la
antropología, deberán siempre tener presentes.
La
fe cristiana nos dice que el hombre no ha sido fiel a este designio divino y
que desde el principio el pecado ha sido una realidad que ha entorpecido la
relación con Dios. Pero, en su fidelidad, Dios nos ha mantenido siempre su amor
y, en Cristo, la semejanza divina deformada ha sido restaurada (GS 22). Por lo
demás, la naturaleza humana, sin duda profundamente afectada por el pecado, no
ha quedado con todo corrompida de raíz.
3.
EL HOMBRE, LLAMADO A SER HIJO DE DIOS EN
CRISTO. La antropología cristiana afirma que no hay más que una perfección
del hombre: la plena conformación con Jesús, que es el hombre perfecto. Esto
significa la participación en su filiación divina, en la relación irrepetible
que Cristo, Hijo unigénito de Dios, tiene con el Padre. Ya en los evangelios
leemos que Jesús, que se dirige siempre a Dios con el apelativo de
"Padre", enseña a sus discípulos, sin colocarse él nunca en el mismo
plano, a hacer lo mismo (cf Me 11,25; Mt 5, 48; 6,9; 6,32; Le 6,36; 11,2,
etc.). Pablo nos dirá que ello es posible solamente por el don del Espíritu
Santo, enviado a nuestros corazones y que clama en nosotros "Abba, Padre"
(Gál 4,6; cf Rom 8,15), en virtud del cual podemos llevar una vida
auténticamente filial respecto a Dios y fraterna respecto a los hombres. Así el
Hijo unigénito de Dios se hace el primogénito entre muchos hermanos (cf Rom
8,29; Heb 2,11-12.17; tal vez Jn 20,17). La antropología cristiana contempla,
por lo tanto, al hombre llamado a participar de la misma vida del Dios trino:
en un mismo Espíritu tenemos todos acceso al Padre mediante Cristo (Ef 2,18);
la misma unión entre los discípulos de Cristo, a la que todos los hombres están
llamados, es reflejo de la unión de las personas divinas (cf Jn 17, 21-23).
Nuestro
breve recorrido por algunos de los puntos de la antropología cristiana no puede
dejar de mencionar la categoría de la "gracia", esencial a la visión
cristiana del hombre. Nos hemos referido a la novedad indeducible de la
encarnación de Jesús. Dios se autocomunica libremente en su Hijo y en su
Espíritu, y es igualmente don de Dios y nunca mérito del hombre la
incorporación personal a la salvación (=justificación por la fe). La visión
cristiana del hombre no puede olvidar este elemento: la plenitud del hombre es
recibida como don gratuito, no reducible al donde la creación, como no se
deduce de ésta la encarnación de Jesús. Es, por consiguiente, un nuevo elemento
irrenunciable de la visión cristiana del hombre que éste recibe su plenitud
como un don inmerecido, lo cual, a su vez, no excluye que tenga que aceptarlo
libremente y cooperar con Dios, que se lo otorga en su infinita bondad.
4.
LA UNIDAD DEL HOMBRE EN LA DUALIDAD DE CUERPO
Y ALMA. La doctrina bíblica de la creación del hombre a imagen y semejanza de
Dios muestra la íntima relación de los órdenes de la creación y de la salvación. La fe
cristiana a lo largo de los siglos se ha preocupado no sólo de exponer el
sentido de la salvación, sino también de insistir en la configuración creatural
del hombre, en su "naturaleza", apta para recibir esta salvación
gratuita de Cristo como su intrínseca perfección. Punto esencial sin duda de
esta preocupación ha sido la unidad del ser humano en la pluralidad de sus
dimensiones. Ya el NT, siguiendo las huellas del AT, a la par que insiste en la
unidad original del ser humano, conoce diversos aspectos del mismo: el hombre
es "cuerpo" por su dimensión material, que lo hace un. ser cósmico,
inserto en este mundo, solidario con los otros, con una identidad definida en
los diferentes estadios de su existencia (cf 1 Cor 15,44-49); esta condición
corporal del hombre se asocia a veces a la "carnal", que con
frecuencia adquiere un sentido negativo, ya que indica la debilidad del hombre
(cf Mc 14,38; Mt 26,41), o incluso, especialmente en Pablo, su existencia bajo
el dominio del pecado (cf Rom 6,19; 8,3-9; Gál 5,13.16-17). El hombre es
también "psique", vida, alma; es sujeto de sentimientos (cf Mc
3,4; 8,35; Mt 20,28; 26,38; Col 3,23). Por último el hombre tiene también la
"capacidad de lo divino", está en relación con Dios; todo ello se
expresa con el término "espíritu", que indica tanto la vida de Dios
comunicada al hombre y principio de vida para él como el hombre mismo en cuanto
movido por el Espíritu Santo; se opone con frecuencia a la "carne" en
cuanto débil o sometida al pecado (cf Mc 14,38; Jn 3,6; Rom 8,2-4.6.10.15-16;
Gál 5,16-18.22-25). Aunque no se haya pretendido una reflexión sistemática
sobre la cuestión, no hay duda de que el NT en su conjunto nos muestra al
hombre como un ser a la vez mundano y trascendente a este mundo, capaz de
relación con Dios.
Es
lo que a lo largo de la historia, partiendo ya de los primeros siglos
cristianos, se ha expresado con la idea del hombre como formado de alma
y cuerpo. El cristianismo asimiló estas nociones de la antropología griega,
aunque no sin transformarlas. Los esquemas cristológicos y soteriológicos
(encarnación, resurrección) han hecho que algunos Padres basaran su
antropología precisamente en el cuerpo. Y aunque pronto, por el predominio de
los esquemas platónicos, se pasa a considerar que el alma tiene una primacía
sobre el cuerpo (y se llega a afirmar a veces que ésta es en rigor el hombre),
nunca en la teología cristiana se ha considerado al cuerpo malo en sí mismo; ha
sido también creado por Dios y es llamado a la transformación final en la resurrección. Santo Tomás
ha subrayado la unidad de los dos componentes del hombre en su famosa fórmula
"anima forma corporis". Existe una unidad sustancial originaria del
hombre que abraza estos dos aspectos, de tal manera que ninguno de los dos
separado del otro sería hombre o persona. No hay, por consiguiente, alma sin
cuerpo ni cuerpo sin alma (prescindiendo de la pervivencia del alma después de
la muerte). La unidad sustancial de alma y cuerpo se subrayó también en el
concilio de Viena, el año 1312 (cf DS 900.902); el concilio V de Letrán, del
año 1513, define que el alma no es común a todos los hombres, sino que es
individual e inmortal (DS 1440). Del cuerpo y el alma del hombre en su unidad
habla también la GS 14.
La
antropología moderna prefiere no tanto hablar de que el hombre tiene un
alma y un cuerpo, sino de que es alma y cuerpo. Y a veces se subraya que
tanto el alma como el cuerpo son del hombre; el lenguaje expresa bien la
unidad que somos y experimentamos. Nuestro psiquismo y nuestra corporalidad se
condicionan mutuamente. Por ser cuerpo nos hallamos sometidos a la
espacio-temporalidad estamos unidos a los demás hombres, somos finitos y
mortales; por ser alma trascendemos el mundo, y estamos llamados a la inmortalidad. Una
inmortalidad que, desde el punto de vista cristiano, no tiene sentido si no es
en la comunión con Dios, y que por otra parte garantiza la continuidad del
sujeto en nuestra vida actual y en la plenitud de la resurrección en la
configuración plena con Cristo resucitado.
5.
EL HOMBRE, SER PERSONAL ABIERTO A LA TRASCENDENCIA. La
constitución psicosomática del hombre, en virtud de la cual; siendo un ser
cósmico, trasciende este mundo, está en íntima relación con su ser
"personal". El ser humano no es un objeto más en el mundo; es un
sujeto irrepetible. El pensamiento cristiano ha desarrollado la noción de
"persona" para expresar este carácter del hombre, que lo hace radicalmente
distinto de todos los seres que le rodean y que le confiere una dignidad y un
valor en sí mismo, no en función de lo que hace o de la utilidad que reporta a
los demás. El concilio Vaticano II (GS 24) señala que el hombre es la única
criatura terrestre que Dios ha amado por sí misma. No deja de ser significativo
observar que el desarrollo antropológico de esta noción ha sido posterior en el
tiempo al uso de la misma en la teología trinitaria y en la cristología. El
sentido del valor y la dignidad de la persona, ampliamente reconocido en
nuestros días (a pesar de numerosas contradicciones que no pueden desconocerse)
aun fuera del ámbito cristiano, adquiere a partir de la visión cristiana del
hombre su última fundamentación: el hombre tiene un valor absoluto para el
hombre porque lo tiene para Dios, que lo ama en su Hijo Jesús y lo llama a la
comunión con él.
A
la condición del hombre persona y sujeto irrepetible va unida necesariamente su
libertad. Ésta no significa sólo, aunque incluya necesariamente este aspecto,
la posibilidad de elegir entre diversos bienes o posibilidades concretas, sino
que es ante todo la capacidad de configurarse a sí mismo de acuerdo con las
propias opciones. Por ello se ha podido decir que el hombre no tiene libertad,
sino que lo es, porque a pesar de los evidentes condicionamientos a que
se halla sometido, tiene una auténtica capacidad de autodeterminarse. En el
ejercicio de su libertad el hombre opta primariamente sobre sí mismo. No se
debe hablar, por tanto, sólo de libertad de las trabas o impedimentos
internos o externos, sino de libertad para el proyecto humano que se ha de
realizar. Nada tiene que ver la libertad con el capricho. De ahí que aquélla
alcance sólo su plenitud en la opción por el bien; cristianamente hablando,
ello significa dejarse liberar por el Espíritu, romper las ataduras del pecado
y el egoísmo para vivir en la libertad de los hijos de Dios, que es la de Jesús, que se entrega
hasta la muerte por amor. Es importante notar que la libertad del hombre se da
incluso frente a Dios y a su Palabra. En su revelación Dios quiere establecer
un diálogo con nosotros y nos llama a la comunión de vida con él. Todo ello
sería imposible en la hipótesis de que Dios nos forzara a aceptarlo. Cuando
insistimos en la libertad humana aseguramos, por tanto, que también ante Dios y
para Dios somos y permaneceremos siempre un auténtico sujeto, un verdadero tú.
El
hombre, como ser personal y libre, se halla necesariamene abierto al mundo y
los demás. Frente a ellos ejerce su libertad y en este mismo ejercicio puede
experimentar su propia trascendencia. El hombre necesita del mundo que le rodea
para su propia subsistencia. Ésta es una experiencia
fundamental e incontrovertida. Pero en esta misma relación de dependencia
frente al mundo se abre el sentido de su trascendencia a él: efectivamente, con
el hombre y su capacidad de transformar la realidad que lo circunda se produce
en ésta una novedad; por el esfuerzo humano se dan en la naturaleza
posibilidades nuevas que de otro modo nunca se hubieran alcanzado. El trabajo
del hombre es, pues, un fenómeno nuevo en el ámbito cósmico; por ello puede ser
calificado de "creador". Estas posibilidades de la naturaleza se
convierten a su vez en posibilidades nuevas para el hombre mismo, para su libertad.
Inserto en el mundo, en su misma acción, en él el ser humano muestra que lo
trasciende, que no es una simple pieza de un mecanismo. Experimenta además la
perpetua insatisfacción ante los logros alcanzados, entre lo que tiene y
aquello a lo que aspira. Difícilmente podrá el mundo, por tanto, dar al hombre
el último sentido de su vida.
La
comunión entre personas es un fenómeno nuevo respecto a la relación
hombre-mundo . Sólo en el otro ser humano encuentra el hombre la "ayuda
adecuada", según la vieja sabiduría bíblica. Sólo el hombre es digno del
hombre. Únicamente en el ejercicio de sus dimensiones sociales, y en particular
con la comunión y donación interpersonal, puede el hombre ser él mismo. La
noción de persona, ya en sus profundas raíces teólógicas a que hemos aludido,
lleva consigo esta dimensión. En el encuentro con el otro en tanto que persona
nos hallamos ante un valor absoluto que no hemos creado nosotros. Tampoco es el
otro o la sociedad sin más el fundamento de este valor absoluto que hallamos
ante nosotros, porque también nuestro propio ser personal es valor absoluto
ante los demás. La relación interpersonal, por tanto, nos abre también al
misterio de la trascendencia del hombre a cuanto nos rodea.
La
limitación e indigencia humanas, que se manifiestan sobre todo en la muerte; la
sensación de truncamiento que de modo casi inevitable se experimenta cuando se
piensa en esta última, nos colocan también ante la cuestión del sentido de la
existencia humana y de la dificultad de hallarlo si queremos permanecer en los
límites de lo que vemos. La esperanza cristiana, sobre todo si se manifiesta en
la vida de los creyentes, es capaz de ofrecer una respuesta plausible a estos
interrogantes del hombre.
La
revelación cristiana nos ofrece, según hemos visto, una imagen del hombre
centrada ante todo en Jesús, el hombre perfecto, en quien somos hijos de Dios.
Si ésta es nuestra última vocación, la teología cristiana no puede
desentenderse de aquellos aspectos de la constitución y del ser creatural del
hombre que lo hacen apto para esta llamada divina. En ellos descubre ya la
huella del designio de Dios, que nos quiere para él. El ser humano aparece así
abierto a la comunicación de Dios mismo en la revelación cristiana. Ésta nos
abre unas perspectivas que por nuestra parte jamás hubiéramos podido imaginar;
es pura gracia y don de la benevolencia divina, y al mismo tiempo responde a
nuestras íntimas aspiraciones y deseos: la íntima comunión con Dios, a la que Cristo nos da
acceso, y la plena comunión con los hermanos con quienes vivimos en la Iglesia,
"instrumento de la plena unión con Dios y de la unidad de todo el género
humano" (LG 1), reunida por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo (LG 4).
PARA UNA ANTROPOLOGIA
FRANCISCANA
INTRODUCCION
1.
Ese "misterio" que es el hombre
La
Antropología, en cuanto reflexión acerca del hombre, es de aquellas ramas del
pensar que debería ser de las más cercanas, de las más "connaturales",
a nuestra propia existencia y experiencia cotidianas de ser en el mundo, puesto
que cuando se hace Antropología, sea de modo sistemático o intuitivo, el
sujeto-objeto comprometido en la reflexión es el mismo hombre reflexionante, en
y desde, su particular circunstancia.
El
pensar antropológico, por más que aparezca revestido del posible lenguaje
técnico de la Antropología es un discurrir acerca del hombre en su concreta
realidad de ser relacionado con los otros, con el mundo y con Dios. De manera
que aunque la Antropología venga envuelta en un lenguaje que, eventualmente,
pueda parecer distante al hombre común, es un hablar que concierne, directa y
concretamente, no sólo al hombre "in genere", sino a este
hombre en particular, que tiene un nombre determinado, que vive en un lugar
específico y que ha hecho, o dejado de hacer, unas ciertas opciones de vida que
determinan su ser y hacer en la existencia.
Una Antropología así pensada, y querida,
supone la superación de la dialéctica yo - otro, que crea distancia entre
"yoidad" y "alteridad", a fin de estructurar
una Antropología de la "projimidad", del encuentro
interpersonal, donde el tú, el otro, sea complemento necesario del yo; donde el
otro, el distinto de mi, sea un ser cercano, próximo; donde el otro sea un
"alter ego", un otro yo.
Para
desarrollar una Antropología con dichos presupuestos hay que situarse en y
desde la realidad misma de lo humano, que es siempre más universal y situada
"más allá" de los prejuicios étnicos, culturales, religiosos,
políticos, económicos y demagógicos. Y también, supone tomar muy en serio al
otro, diverso de mi. Supone recordar (volver a pasar por el corazón), hacer
memoria permanente del otro, como un complemento necesario. Se trata, por
tanto, de intentar una Antropología de la no-exclusión, sino de la in-clusión,
más plena y total que nos sea posible, desde nuestra propia particularidad,
entendida y vivida como apertura a lo universal.
Para
la concreción de una Antropología como la que venimos planteando podemos hacer
también la siguiente opción metodológica: mirar a la historia de lo humano,
buscando encontrar una Antropología realizada y encarnada, buscar en "quién"
se de una ejemplaridad humana realizada y vivida, para tematizar y sistematizar
su experiencia de humanidad realizada y vivida (momento
reflexivo-interpretativo) y proponer un modelo operativo de hombre y humanidad,
tendiente a la realización de un proyecto de hombre y sociedad (momento
éticosociloógico).
Es
por eso que en nuestro intento de introducirnos en una Antropología Franciscana
vayamos a mirar a Francisco de Asís, en quien encontramos realizada y vivida
una "biografía de humanidad" y un paradigma antropológico de
acción, interpretación y existencia. En Francisco, encontraremos la encarnación
del más exigente humanismo, desde la clave de la cordialidad y la cortesía. Además,
en él, reconoceremos nuestras propias raíces inspiracionales y las de la Escuela Franciscana
que tiene, para proponer también hoy, una teoría del hombre y la sociedad,
encaminadas a la construcción de un mundo, de una sociedad, de una historia más
humanas, fraternales y liberadas.
2.
Los constitutivos de una Antropología Franciscana
Una
Antropología Franciscana, a partir de Francisco y de la escuela franciscana, se
estructura, se comprende y articula a partir de tres ejes constitutivos:
a. Una cierta experiencia personal y
comunitaria, que forja un cierto talante o forma de ser y actuar, condicionante
de la visión e interpretación del hombre en los pensadores franciscanos. Dicho
de otro modo: el estilo de vida (identidad) legado por Francisco al movimiento
franciscano es matriz permanente de la interpretación de la persona y la
comunidad.
b. Aunque las expresiones y la
terminología de los pensadores franciscanos nos recuerden a Platón,
Aristóteles, Boecio, Averroes, Avicena..., su presupuesto fundamental es la
doctrina revelada, el cristianismo, creída como verdad iluminante y vivida como
mensaje de salvación. De aquí que la definición del hombre real y concreto, no
sólo sea la de un ser racional y político, sino la del hombre como ser creado y
redimido, comunitario, eclesial y ecuménico.
c. El horizonte propio, y adecuado,
donde se desenvuelve la realidad humana es el de la gratuidad de la existencia,
de la participación y de la fraternidad universal. En este horizonte, el ser
humano es interpretado como ser ontológica y constitutivamente relacional,
vinculante, solidario, por tanto, el hombre no es rival del hombre, sino que es
colega, compañero y, sobre todo, hermano del hombre en una misma aventura
existencial, que se despliega en el amplísimo horizonte de lo gratuito.
Hay
que tener en cuenta que, en filosofía y antropología franciscanas, la categoría
"relación" es central y articulante. Se trata de la relación
como algo fundamental, a partir de la cual se entiende el ser y el saber.
Referida la hombre, entiende a éste como y ser relacionado con todos los demás
seres y fundamentalmente con los demás hombres. La norma reguladora de las
relaciones interpersonales y, según su grado con todos los seres, es el amor,
único capaz de potenciar al hombre en la construcción de una sociedad, de un
mundo y de una historia auténticamente humanas, libres y justas.
Esto
hace que el pensamiento franciscano interprete al hombre como un ser abierto,
polarizado, vinculado con todos los demás seres de la creación, especialmente
con los demás hombres, con los que constituye comunidad, de origen y destino,
y, sobre todo, fraternidad. Aquí el hombre asume y resume lo creado y también
proyecta y realiza las aspiraciones más profundas de sí mismo y de lo que
representa. De este modo, todos los seres forman una sinfonía cósmica y humana
en que cada uno tiene su propia misión, pero donde sólo el hombre sabe
reconocerlo, transmitirlo y valorarlo.
Concebir
al hombre como un ser constitutivamente relacional hace que la escuela
franciscana explique y entienda siempre a la persona en relación al otro, y a
los otros, haciendo depender de dicha relación, y referencia, la realización de
la persona. Con
el otro, y con los otros, la persona constituye comunidad y, sobre todo,
fraternidad, en la cual no cabe la explotación, la negación del otro, ni la
dialéctica hegeliana del amo y del esclavo.
La Antropología Franciscana, como antropología del prójimo, es
una suerte de invitación a superar la categoría de lo antagónico, la dialéctica
de lo diferente como contrario, a fin de asumir la otro como semejante en la
projimidad, abrazándolo en toda su rica diversidad.
El
hombre, en suma, como ser abierto y constitutivamente relacional, despliega su
ser abierto y relacional, básicamente, en una triple apertura-relación, en la
que se abre y se relaciona con Dios, con los demás hombres y con el mundo.
1. EL HOMBRE ABIERTO A
DIOS ENCUENTRA SU PLENA REALIZACION
La
concepción de hombre aquí supuesta, entiende a éste como un ser eminentemente
ético - moral que alcanza su plenitud en la santidad, es decir, por su
elevación a la Trascendencia-Dios, y en el encuentro personal con esa
Trascendencia-Dios. De aquí que la cuestión clave aquí es el cómo realiza el
hombre dicha elevación para alcanzar su plenitud de ser. Dicho de otro modo,
cuál es el "itinerarium" del hombre hacia el encuentro con el
Dios que lo realiza en plenitud.
En
la espiritualidad cristiana, y en el pensar consecuente, emergen,
históricamente hablando, dos vías o caminos para realizar el "Itinerarium
mentís in Deum..." del hombre. Una, de claro trasfondo
aristotélicio-tomista, basca a partir del objeto exterior sensible, remontar
desde las cosas creadas al Creador. Otra, de inspiración cartesiana, o más
precisamente inspirada en Main de Biran, basca instalarse en el propio "yo"
para percibirlo en toda su hondura y complejidad, en todas sus implicancias y
exigencias, y desde ese "locus" de la propia existencia,
volverse sobre si mismo (torsión), intentar clarificar la complejidad de la
existencia humana.
En
la segunda opción, por la torsión sobre si, el yo se identifica con la
conciencia que el hombre tiene de sí mismo y cómo sí mismo, cae en la cuenta y
hace la experiencia de que es y de que existe. Dicha experiencia se despliega
en tres momentos:
a)
En la contemplación del si mismo, el yo se percibe como ser
El
primer contacto de la experiencia de existir se da con el propio ser y no con
lo sensible exterior, como sostiene la tendencia aristotélico-tomista, que
constituye por ello una visión exterior, fenoménica, apariencial; un contacto
con la periferia del ser. En nuestro caso, la experiencia se produce por el
contacto con el ser en la propia conciencia, es decir, dentro de si, en la
hondura de si mismo.
Dicha
experiencia también es contraria a la visión inspirada en Parménides, que
contempla al ser exterior como hecho y definitivo, acabado y radicalmente
estático. en cambio, el ser auténtico, intuido por el yo-conciencia, es un ser
siempre en acto, un ser dotado de una inextinguible sed, o deseo, de obrar. Por
tanto, el ser intuido en el yo, no es nunca un ser hecho-acabado, sino un ser
que está continuamente haciendo, y -de algún modo- haciéndose. Un ser siempre
en camino hacia ese "más allá" de la Trascendencia que le sale
al encuentro.
El
ser, que se identifica con un continuo estar haciéndose, señala a la conciencia
las inmensas posibilidades que tiene el yo de llegar a ser; la abre a las
innúmerábles posibilidades de llegar a ser a ser sí mismo, en la forma de un
proyecto con posibilidades de muchas realizaciones posibles. De esta forma, el
hombre queda, desde su misma hondura, situado, y en apertura, de cara a
innúmerables posibilidades de llegar a ser sí mismo; de llegar a actualizar, de
modo múltiple y diverso, la conciencia de ser y existir, de ser yo.
b)
Ser es ser libre. La libertad constituye al yo-conciencia
La
libertad se encuentra en la raíz del acto de identificarse del yo con el ser.
Por tanto, el ser s; mismo, es experiencia -y consciencia- de un ser
radicalmente libre, en el que el yo humano se identifica con la libertad. De aquí que
el yo humano, la conciencia humano, el ser ser-humano, comporta siempre
capacidad de opción; capacidad y posibilidad, radical, de optar.
En
esta capacidad de opción se asienta toda la grandeza y miseria del yo, de la
conciencia, del ser ser-humano, puesto que libremente puede optar por el
ascenso hacia el Absoluto o por el descenso hacia lo inferior a sí mismo. Bien
y mal emergen aquí dependiendo ambos de una omnímoda capacidad de
autodeterminarse.
Aquí
la deficiencia, en cuanto autodeterminación por lo inferior a si, no equivale a
caída o fracaso, como podría pensar angustiadamente un existencialista que ve
la existencia como irremediablemente atada a la frustración de sus mejores
proyectos, sino que la deficiencia, y hasta la misma experiencia de la
caída-fracaso, alude a una permanente llamada a la superación y a la
planificación mediante valores positivos; es llamada permanente a retomar el
proyecto originario, a reemprender el camino que lleva a la Vida. La superación del límite
y la planificación del ser son posibles pues en el horizonte del yo, de la
conciencia, del ser hombre, aparece gratuitamente el Absoluto, la
Trascendencia, Dios, que se revela con el Plenificador del ser y de la
existencia del hombre, y lo hace con el rostro humano de la Encarnación.
c) En su inmensa riqueza el yo es radical
deficiencia
El
Dios al cual el hombre se abre y con el cual traba relación, tiene aquí dos
notas características: Dios es "acto puro", es para "actualidad",
causa y razón de todos los demás actos. Hay que tener en cuenta que: todo ser
es constitutivamente acto, pero en el caso del yo, de la conciencia, del ser
ser-humano, todo acto es percibido como limitado, parcial, contingente,
sometido al tiempo y a la circunstancia; con posibilidades de degradación y
caducidad. Esto hace necesario postular un ser que se encuentre en "acto
pleno", que sea "pura actividad", permanente "actualidad",
que, en vez de estar sometido al tiempo y a la circunstancia, sea "eterno
presente" (Lavalle).
Además
de acto puro, Dios llama constantemente a compartir su creatividad, la cual es
tan radical y abarcante, que llega a eliminar a la nada, pues Dios, que es acto
puro, lo llena todo con la fuerza de su perenne creatividad. De esta
creatividad, Dios hace partícipe al hombre, lo que se manifiesta en las
incontables posibilidades con que el hombre se encuentra en el transcurso de su
vida.
Participación
equivale aquí a vocación y en asumirla y desarrollarla se encuentra la clave de
la colaboración del yo, de la conciencia, del ser ser-humano, con el poder
creativo divino.
d)
Ser y santidad
Hemos
establecido, previamente, que el yo al replegarse sobre sí mismo, cuando hace
la experiencia de ser sí mismo, se encuentra en la vía adecuada para llegar al
Absoluto-Dios que le llama y le atrae, dándosele como su posibilidad de
realización plena de ser.
Ahora
bien, en el plano de la praxis ético-moral, quien mejor realiza dicha inversión
sobre si mismo es el santo, de modo que hace de su vida un perpetuo peregrinar
a fin de responder a la llamada del Absoluto-Dios.
Ese
perpetuo peregrinar se realiza por la vía de lo cotidiano, de la contingencia
circunstanciada, en la vida concreta del santo. Así, la santidad es una suerte
de compañera de camino que se lleva al lado en el peregrinar por la existencia
camino a Dios. Este caminar comporta, e implica, la propia contingencia de la
existencia del santo, sus eventuales limitaciones e incluso sus propias caídas.
La
única condición para el caminante es no desmayar en el camino; es mantener el
ánimo permanente de encaminarse hacia el Eterno Presente-Dios. La clave en este
"Itinerarium..." es la conversión interior, por la cual el
santo, y todo cristiano básicamente lo es, fija su mirada en Dios presente en
él.
La
mirada, centrada en Dios y llena de amor, se proyecta sobre todas las cosas,
develando lo que las cosas son en profundidad, es decir, lo que las cosas son
en bondad, verdad y belleza.
Mirar
en profundidad no significa "evasión" del mundo, sino
penetración profunda en el mismo mundo; comporta, por tanto, una renuncia a la
superficialidad al mirar al mundo y a las cosas. De esta forma, el mundo
empieza a ser visto como "rostro de Dios", como el "espejo"
en que Dios se manifiesta y se mira, si es posible la expresión.
Este
mirar en profundidad, desde la conversión interior, el santo la realiza de muy
diversas formas. Francisco de Asís lo hace a través de su admirable capacidad
para transformar a toda la naturaleza en un lenguaje por el que Dios nos habla,
posibilitando que lo amargo se torne en dulzura de alma y cuerpo.
e)
FRANCISCO de ASÍS y su experiencia de la simplicidad perfecta
Así
como el ser, y el ser ser-humano, no es nunca un ser hecho-acabado, sino un ser
en busca, en conquista, de su esencia y perfección, toda personalidad se
encuentra siempre a la conquista de una nueva perfección; en búsqueda
permanente de nuevas actualizaciones del ser.
Esta
suerte de condición interna del ser, y de toda personalidad, es clave para
entender cómo Francisco realiza el "Itinerarium...." de su yo
hacia la Presencia
Total, hacia Dios. Para recorrer, por ejemplo, el camino que
va de San Damián a El Alvernia. Así, el camino de Francisco está animado por un
dinamismo interno que recorre toda su personalidad y que lo incita
permanentemente a alcanzar nuevas metas. Por esto es que Francisco ora
diciendo: "... concédenos a nosotros, hombres miserables, hacer por Ti
lo que sabemos Tú quieres y siempre querer lo que Te agrada ..."
Dicho
dinamismo de Francisco, viene caracterizado por la irradiación de la sencillez
y la facilidad. Es
accesible. Aunque Francisco no desconoció en su vida los caminos duros de la
dificultad, a la postre, resulta ser siempre dulce y atractivo en su invitación
a la santidad.
El
gran atractivo de Francisco, más allá del catolicismo , e incluso del
cristianismo, radica en su simplicidad perfecta, en su despojo absoluto,
radical, de amor propio, grado sumo de la desapropiación, que lo lleva a
sobreabundar en obrar y amar. Francisco, asumiendo las flaquezas y miserias de
la condición humana, las transforma en riquezas y posibilidades, armonizando
luces y sombras en la condición humana. Lo amargo le adviene en dulzura desde
el beso al leproso (conversión) hasta recibir los estigmas, los signos del
Crucificado, que resucitando transformó todo lo amargo en dulzura, toda muerte
en Vida.
Desde
esta perspectiva, Francisco vive el tiempo, la contingencia, no como carencia y
limitación, sino como el espacio que preanuncia el encuentro definitivo con el
Eterno-Dios. La existencia histórica como preanuncio del esjaton; lo temporal
como adelanto de lo eterno. Todo lo cual le es posible en la medida que,
Francisco, no resiste a la gracia, sino que se pone a su servicio. De esta
manera, Francisco desdeña lo que el tiempo tiene de banal y transitorio para
centrarse en la eternidad, que le adviene el tiempo, haciéndola presente en el
mundo, en la historia, y a todos los hombres. La experiencia de Francisco, es
toda una suerte de distinción práctica, y practicada, entre urgente e
importante; entre transitorio y definitivo; entre inmanente y trascendente,
etc.
En
suma, lo peculiar de la personalidad dinámica de Francisco (su yo en
realización) ha consistido en, a partir de un momento determinado, estar
volcado, radicalmente abierto, al ser infinito, a Dios, que desborda siempre a
la creatura deficiente, pero que se ofrece a ella con nuevos alicientes y
promesas, fundándola en la esperanza de que siempre se puede ser más, mientras
menos se tenga. Es decir, en la medida de la desapropiación.
f)
Pobreza franciscana como radical indigencia del yo y del ser del hombre
Propuesto
como meta y realización del yo y del ser del hombre, el encuentro, realizante,
con la Presencia
Total-Dios, a la simplicidad de alma, antes aludida, se une
la pobreza, a fin de poner el espíritu del hombre en manos de Dios sin ninguna
preocupación ulterior.
De
esta forma el espíritu humano, desnudo y libre, adquiere suma sabiduría para
dirigir pura y sencillamente la mirada a la Trascendencia.
En
este proceso, la pobreza cumple la función de expandir, agrandar,
paulatinamente el espíritu humano, creando en el ese vacilo que reclama a Dios
y que sólo El puede llenar.
Igualmente,
la pobreza, más allá de su consideración socio-económica, viene a darnos
conciencia viva de que somos, metafísicamente hablando, radical indigencia.
Mientras
más crece la conciencia de ser radical indigencia, más crece el sentimiento
vivo de la eterna riqueza que se le ofrece al espíritu del hombre. Lo eterno,
definitivo y plenificante, se deja pregustar desde ya en lo
temporal-contingente, al modo de un atisbo deleitable de la plenitud. Así, el
espíritu humano prepara "la pendiente" para que Dios descienda
a habitar en él y en esa intimidad tiene lograr la máxima revelación de la Trascendencia. Este
"descenso" de Dios a la conciencia humana influye
decisivamente en la consideración del mundo y de las cosas creadas.
Es
común pensar, y considerar, que las cosas creadas son obstáculos para que el yo
realice su experiencia fundamental y fundante con el Absoluto; como si las
cosas se interpusieran entre el hombre que basca a Dios y Dios que le sale al
encuentro. La raíz de esta consideración común es el apego, la apropiación, a
las cosas.
Ahora
bien, hemos de tener en cuenta que, metafísicamente considerado, el mundo carece
de valor en sí, pues es una realidad radicalmente contingente, en total
dependencia del Creador. Es la riqueza, como posesión - apego - amor a lo
perecedero, la que hace que las cosas aparezcan con una consistencia de la cual
carecen. De este modo, la riqueza encubre, no devela, sino que vela, el
verdadero ser de las cosas; le atribuye un valor, y una calidad de ser, del
cual carecen.
Es
sólo la pobreza, con su peculiaridad, la que transparente el ser auténtico de
las cosas en su radical inanidad, transformándolas en claras y luminosas; en
una abstracción patente de la Bondad del Creador.
En
suma, la riqueza opaca el mundo y las cosas, por el dinamismo de la posesión. En cambio,
la pobreza esclarece el mundo y las cosas, mediante el "arte"
de la desapropiación.
En esta perspectiva, el mundo y las cosas emergen como
transparencia, como senda a la que unirnos para remontar-encaminarse, a través
y con el mundo y las cosas, hacia el Creador, presencia totalizante, permanente
y realizadora del ser auténtico del hombre.
2. EL HOMBRE ABIERTO A SÍ
MISMO Y A LOS DEMÁS,
EXPERIMENTA
LA NOSTALGIA POR LA
PLENITUD DEL SER.
Plantearse
la apertura del hombre a si mismo, y a los demás hombres, supone un paso de la
superficie a la profundidad; de lo episódico a lo significativo. El intento, en
definitiva, es de sentir y pensar la condición humana coma inquietación que
surge de lo profundo de nuestro ser humano. Inquietación cuya resolución es
quizá una de las más decisivas para la existencia humana. Se trata, por tanto,
de reflexionar aquello que más profunda y significativamente, sentimos que
somos. La cuestión es intentar sentir profundamente el pensar acerca de
nosotros mismos.
Apertura
a sí mismo no significa aquí un repliegue egoísta sobre nosotros mismos, sino
más bien un situarse desde ese "si-mismo" para abrirse al horizonte
de la Trascendencia, a fin de celebrar un encuentro con todo lo que converge
hacia esa Trascendencia y Presencia, en la que todo y todos encuentra su unidad
y cohesión.
a)
Ser hombre y conciencia de la nostalgia de ser hombre
Considerar
al hombre como un ser abierto y relacional es tomar en cuenta la alusión al
tema del ser y el devenir. Supone referir la vieja cuestión, casi aporética,
planteada por Parménides y Heráclito, acerca de si el ser es lo estático o lo
en permanente devenir-cambio, como también el plantearse la posibilidad de una
síntesis de ambas propuestas. Parece ser que cuando referimos el ser al ser
ser-humano nos encontramos bien encaminados en dicho intento de síntesis.
Parece
claro que, cuando se trata de referir el ser al ser ser-humano, hemos de optar
por lo no-estático, de donde el ser ser-humano se identifica con el
no-ser-estático, con lo no-definitivamente-hecho, con lo no-inmutable, sino que
el ser ser-humano comporta un ser en perenne realización, un ser que quiere ser
más. Ser ser-humano implica siempre un "plus".
Según
esto, ser ser-humano es un permanente alumbramiento, un deseo constante de dar
a luz, similar a lo que pasa con el mundo según Rom. 8,19. Por lo tanto, ser
ser-humano es lo no inventarieble - definible - clasificable - cuantificable -
cosificable, de una vez y para siempre. Ser ser-humano se identifica, más bien,
con el deseo y posibilidad de ser y ser más. Ser ser-humano es más proyecto que
definición.
Desde
esta óptica, ser ser-humano es intentar ir siempre más allá, puesto que todo
ser, y todo ser ser-humano, es esencialmente creador. Ahora bien, crear de la
nada es propio sólo de Dios, pero todos los seres, hasta el más minúsculo,
participa de la acción creadora de Dios. Todo ser es capaz de arte y de
belleza. De esta forma, ser y ser ser-humano es conato permanente hacia una
mayor maduración.
En
el anhelo cósmico de alumbrar, de dar a luz, (Cfr. Rom. 8,19), el hombre
aparece como un emergente luminoso de la naturaleza y como posibilidad de
máxima realización de ella, puesto que, el hombre al participar del pensamiento
absoluto de Dios es una suerte de haz de ricas posibilidades en dirección a la Belleza Eterna y a
la fecundidad del espíritu. Y esto a pesar de la fragilidad de la conciencia y
de la libertad responsable del hombre, éste se mueve en un horizonte marcado
por el optimismo y la posibilidad de ser realmente más. Esta es quizá la
experiencia de llevar un tesoro en recipiente de barro.
Aunque
la libertad humana implica posibilidad de caída y fracaso, esta posibilidad de
"oscuridad" se da como en el trasfondo de un bello creado
iluminado por el don de la creatividad y del ser, que es ser siempre más. Así,
la posibilidad de caída no impide al hombre contemplar la belleza cósmica y de
la creatura, reflejo más o menos cercano, de la Belleza Primigenia,
de la bella armonía de la primera hora. En suma, la tragedia del fracaso humano
es siempre evitable, y revertible, con la gracia de Dios, don que funda y abre
a la libertad de innúmeras posibilidades de ser y ser más.
Históricamente,
por la acción de la conciencia libre advino en el mundo la caída y con ella la
experiencia universal y mundana del limite y la carencia, originando en el
espíritu humano una permanente añoranza y nostalgia de eternidad.
Ser
ser-humano es estar situado en el tiempo, distensión de la eternidad en
pasado-presente-futuro, en donde la nostalgia de eternidad viene acotada por
tres notas características que la acompañan en su presente. A saber:
1. La sensación de que al sujeto le
falta algo. Nuestro ser es pura contingencia. Está abocado a la nada,
amenazando absurdo, por carecer de apoyo en si mismo.
2. El sujeto experimenta la soledad,
puesto que nadie puede sentir por otro la radicalidad de su dependencia.
3. En dicha soledad se encuentra la
compañía invisible de aquello mismo que falta al sujeto y que éste añora.
El
ser, y el ser ser-humano, en su sentimiento de nostalgia mira hacia el pasado y
le adviene el recuerdo feliz de lo vivido otrora, aunque este recuerdo feliz
está impregnado de tristeza por lo que un día gozó y hoy no goza. Y cuando
desde este mismo sentimiento de nostalgia, el sujeto mira hacia el futuro, la
nostalgia se le torna deseo, anhelo, querer, y todavía más, se le torna
esperanza segura de un nuevo hallazgo, alegría anticipada del reencuentro.
Esto
que se dice del ser ser-humano, en cuanto individuo, también se aplica a la
totalidad del cosmos que añora y espera recobrar el perdido Edén, perdida
ocasionada por el pecado original. Por su parte, la humanidad, peregrina en la
historia, experimenta una sensación de exilio, de aquí que siempre camine
acompañada de una entrañable nostalgia por la patria definitivamente armónica y
plenamente feliz.
b)
Pobreza - Limosna - Llamada
En
el lenguaje común decir "pobreza" es indicar carencia de lo
indispensable para el sostenimiento de la vida, pero desde la clave del
pensamiento que intenta adentrarse en el misterio del ser, y del ser
ser-humano, "pobreza" es una nota esencial y constitutiva de
la creatura y del ser ser-humano.
Y
esto no sólo a la luz del pensamiento acerca del ser, sino también en el nivel
de la experiencia, puesto que ¿quién es más que nada cuando se enfrenta con su
propia conciencia? Además, ser nada, radicalmente nada, ¿no es evidencia de la
más grande, de la más insuperable pobreza?
En
esta perspectiva, el ser algo-alguien es consecuencia, resultado, de haber
recibido la limosna, la dádiva, del ser. Esta limosna del ser es el don supremo
que el Creador hace a la creatura, como expresión de su más absoluta gratuidad,
exenta de todo necesitarismo. La limosna-don del ser es expresión de la sola
gracia del Creador para con la creatura.
Por
el contrario, la riqueza del que acumula bienes constituye un "encubrimiento"
de la nada radical del ser, constitutivo esencial del ser. Además, la riqueza
pone la consistencia del ser en aquello que simplemente no consiste.
En
suma: la pobreza, como "indigencia ontológica", revela la
dependencia del ser ser-humano respecto del Creador. La limosna del ser que
otorga el Infinito hace evidente la dependencia que adviene en clamoroso
llamamiento a un diálogo entre la Plenitud de Dios y la Nada del hombre. Dios
da y comunica sus dones a las creaturas por la palabra que sale de su boca (Cfr.
Jn 1,1). La Palabra, pronunciada por Dios, entra en diálogo con el hombre:
desde abajo el hombre clama, desde su sensación de angustia ante la nada, pero
en su mismo clamor advierte que "allá arriba" hay otra
llamada, y respuesta a su clamor, que le incita a ascender.
c)
La tentación del nihilismo
Una
fuerte corriente del pensamiento contemporáneo ve al hombre, en última
instancia, abocado a la nada; la vida humana, y la del mundo, como un trágico,
alucinante y absurdo "maratón de la muerte", un absurdo nacer
para morir sin más. En una palabra: no hay más triunfo que el de la nada sobre
el ser. Angustia y frustración para algunos; prescindencia y desencanto evasivo
para otros, especialmente para los así llamados posmodernos.
Esto
es lo que conocemos como "nihilismo" y que ha encontrado en
los versos de Jorge Manrique una acertada expresión literaria, cuando escribe a
la muerte de su padre: "Nuestra vida son los ríos que van a dar a la
mar que es el morir..."
La
postura nihilista es ajena a la tradición bíblico-cristiana, que sin negar la
perspectiva de la muerte, no aboca ésta a la nada, sino que, en último término,
a la vida y a ésta en plenitud. Sin embargo, el nihilismo surge como una forma
de tentación en la vida de muchos creyentes, especialmente cuando han sido
estremecidos por experiencias límites.
La
superación de la perspectiva nihilista requiere una corrección en la mirada: en
vez de mirar nuestras vidas, y la del mundo, como ríos camino de la mar,
contemplarla, por el contrario, como el río de la vida en búsqueda de su
origen, de su manantial escondido, original y originante.
Este
es el deseo de la creación entera, la que al salir de las manos de dios,
experimenta, es decir siente y piensa, la nostalgia del retorno. Y es
justamente a partir de esta experiencia de la nostalgia que el hombre puede
superar la tentación del nihilismo, trágico o desencantado, pues la nostalgia
lo hace experimentar el estar abierto, no a la fosa o mar de la nada, sino a la
Plenitud del Todo de donde salió.
d)
Francisco y su nostalgia de retorno
Francisco
sin tener una preocupación filosófica, antropológica o metafísica, tuvo plena
conciencia de su inanidad ante el Ser Supremo, por eso ora diciendo: "¿Quién
eres tú, dulcísimo Dios mío? ¿Y quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo
tuyo?"
Orando
de esa manera, Francisco visualiza los dos polos a los que el hombre puede
dirigir el horizonte de su existencia: el Todo y la Nada. Francisco se
siente "gusanillo vil", semejante a la nada, para desde este
sentimiento-experiencia lanzarse en los brazos de Dios que es su Todo. "Meus
Deus et omnia", decía frecuentemente Francisco e inmerso así en Dios,
ve todas las cosas como un desbordamiento de la Bondad divina.
Este
desbordamiento de la Bondad divina, que expande y acrecienta la vida de todo el
cosmos y del hombre -su "mejor emergente"-, Francisco lo
consigna en la Adm 5,1-2, cuando dice: "(Dios) te creó y formó a imagen
de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu".
Francisco,
por tanto, considera la hombre, preferentemente, desde la vertiente de sus
magníficas cualidades, es decir, desde Cristo, modelo natural y sobrenatural
del hombre. Pero, simultáneamente, constata también el pecado de la infidelidad
humana que hizo del hombre un "exiliado de Dios", pero siempre
con un deseo de retorno a su fuente vital.
Así,
conciencia de exilio y deseo de retorno, impregnan el sentimiento de nostalgia
de Francisco. En el se da, por tanto, una visión edénica y adámica: el hombre
siente el mundo como destierro, pues, la visión edénica original ha sido
oscurecida por el pecado. Es por ello que el hombre vive con nostalgia, es
decir, con el recuerdo de lo que perdió; llora la ausencia del Edén, pero su
llanto tiene por base la esperanza del recobrar el bien perdido. Esta esperanza
engendra una nostálgica alegría que proviene de la seguridad del reencuentro.
e)
Francisco mendigo de Dios
Precedentemente
hemos considerado la pobreza más allá de su concepción socio-económica, es
decir como carencia de bienes materiales, para, desde una perspectiva
metafísica, tomar conciencia que todo nuestro ser es dádiva de Dios. Esto
comporta, en el orden del ser y de la existencia, la negación radical de toda
consistencia de las cosas en s; mismas. En consecuencia, hemos considerado las
cosas, en su ser y existir, como don divino; como pura expresión de la
gratuidad amorosa de Dios.
Una
visión metafísica de la pobreza se opone a la visión objetivista del mundo y a
la de la ciencia positiva, que unidas al sentido común, subrayen la validez de
la cosa "en sí" como, al modo de subsistencias perfectas,
tuviera en sí misma los resortes de su ser.
Por
su parte, Francisco y el Franciscanismo, desde la pobreza, metafísica y
socio-económica, contempla todo, y a todos, pendiente de la mano de Dios; de
modo que todo recibe de Dios la bondadosa limosna del ser, esclareciendo con
ello el auténtico ser de todo ser. Al contrario, la riqueza, y la posesión, con
su celo por las cosas, enturbia, oscurece, la claridad del verdadero ser de las
cosas, es decir, la riqueza oculta y encubre el que las cosas sean limosnas del
Ser Infinito.
Dentro
de este horizonte del ser como dádiva, Francisco vive su experiencia de mendigo
de Dios, pues en su vida todo lo va recibiendo de la generosa mano de Dios.
Esta experiencia, Francisco la hace conciencia refleja y memoria en su "Testamento",
cuando reiteradamente insiste en que "El Señor me dio...",
hermanos, fe, la gracia de vivir el Evangelio...
f)
Francisco al encuentro de Dios
Francisco,
intuitivamente, y Buenaventura, sistemáticamente, se van a situar de cara al
mundo con una óptica platónico-agustiniana, en donde la naturaleza es una
primera expresión e imagen de la divinidad. Desde esa óptica, la naturaleza, para
Francisco, se convierte en una realidad simbólica, al descubrir que todas las
cosas son vestigios de la Paternidad Divina.
Francisco, por tanto, en compañía de esos vestigios, de esas
cosas signos, vive su perenne encuentro con Dios.
Desde
su inmersión en Dios, Francisco ha invertido el orden de las cosas en su
existencia mundana y todo lo ve vinculado, relacionado, con la fuente
originaria, Dios. De este modo, Francisco contempla el río de la vida en su
constante fluir hacia su manantial originante y no en dirección al mar, que es
la muerte del río y la caducidad de las cosas. En la visión y experiencia de
Francisco todo remonta hacia la fuente originaria que es Dios.
Es
por esto que para Francisco hasta la muerte deja de ser término, para
convertirse en el último peldaño de su acercamiento al Principio Originario, de
ahí que la salude como la "hermana muerte corporal". Así,
Francisco verá las cosas, los seres y todo el mundo, suspendidos, y
sustentados, del infinito Amor divino. Desde la vertiente del retorno,
Francisco vive su espiritualidad en un perenne encuentro con Dios.
Después
que Francisco queda desnudo ante el obispo de Asís, comienza a sentirse
pendiente , de modo exclusivo, del Padre Celestial. Esto lo hará estar
permanentemente animado por una alegría que alcanza a todo el cosmos. En la
desnudez de su dependencia del Padre, emerge la alegría del encuentro con el
Dios que todo lo sostiene amorosamente.
Esta
experiencia de Francisco hará, casi normativamente, que para el Franciscanismo
el contacto con la naturaleza sea una experiencia de alegría triunfal. Esto ha
tenido un influjo muy considerable en la historia del pensamiento y la cultura,
manifestándose, sobre todo, bajo dos aspectos:
1. Como efecto pacificador, contra las
tendencias del panteísmo naturalista de origen germánico. En Francisco y el
Franciscanismo, la alegría por el encuentro con la naturaleza viene dada porque
ésta es una primera expresión e imagen de la divinidad y, por tanto, "medio
seguro" para remontar a Dios.
2.
Francisco
y el Franciscanismo han influido sobre la llamada "gran ciencia moderna",
no sobre la ciencia positiva, sino sobre aquella ciencia que ha descubierto el
maravilloso orden cósmico y que lo ha propuesto en fórmulas matemáticas de
notable exactitud. Todo esto ha derivado del trato de amorosa amistad de
Francisco y el Franciscanismo con las cosas, con la naturaleza y con todo el
universo, donde todo es amado y cantado como vestigio de Dios.
3. EL HOMBRE ABIERTO AL
MUNDO A TRAVÉS DE LA
SIMPATÍA Y EL AMOR COSMICO
En
la historia del pensamiento ha primado, casi exclusiva y "tiránicamente",
una aproximación intelectual-racional a la realidad. Sin
embargo este modo de aproximación no es ni el único ni el exclusivo cuando se
trata de aplicar el análisis a la realidad humana, en su significación más
profunda y definitoria.
Para
aproximarse a la profundidad de la realidad humana es preciso acompañar, y
complementar, a la vía intelectual con la así llamada percepción emotiva, que
proporciona otra vía de acceso a la realidad en su totalidad y a la específica
realidad humana, sobre todo cuando se considera a ésta en su relación de
apertura al mundo.
Al
hablar de emotividad, de emoción, no debemos referirla sólo en un plano
puramente sensitivo, sino que hay que apuntar a la emotividad, a la emoción,
como peculiaridad excelsa del espíritu humano, que no es solamente "logos",
sino que es, sobre todo y más decisivamente, amor. Desde esta perspectiva se
nos abre el camino hacia el amplio y significativo campo de los valores y de la
axiología, como lo verdaderamente decisivo en el conocer y en el conocimiento
del ser ser-humano. Esto nos lleva a la consideración del hombre a partir de su
valor más definitorio y decisivo: el amor.
De
una u otra forma, apuntamos aquí a establecer que lo "esencial"
del ser ser-humano es el amor, pero considerado éste no como una esencia pura e
incontaminada, sino que ser humano, en cuanto ser esencialmente amor, como una
realidad estrechamente ligada a la existencia humana en su hodierna
cotidianidad, con todo lo que tiene de historia circunstanciada.
De
lo que se trata, por tanto, es de considerar al hombre como un existente
concreto y acotado por la historia, la cultura, la circunstancia, por sus más
profundas aspiraciones, proyectos y pasiones, que busca realizar su ser
esencialmente amor, a partir de su ser más íntimo y en el horizonte de su
circunstancia, que puede ser límite, pero también, simultáneamente, posibilidad
de ser y de ser más; capacidad, esta última, eminente y exclusivamente humana.
a)
Amor y Cosmos
En
una perspectiva histórica, Santo Tomás en la "Summa theologica", se
aboca a la compleja cuestión del amor en el tratado "De Passionibus".
Al situarlo en dicho lugar, el amor, para el doctor angélico, es "una
inclinación del apetito sensitivo", que el hombre comparte con el
resto de los animales, como cualquier otra pasión. De esta forma, el amor queda
circunscrito al ámbito de la sensibilidad.
Pero
también, el tema del amor, y sin olvidar su dimensión sensible, puede ser
considerado en un ámbito más amplio y elevado: el del amor situado, por tanto,
en el plano del espíritu, en el caso del hombre y, con mayor razón, en Dios.
Aún más, ya que el amor es el originante del espíritu en toda la realidad, sólo
puede encontrar su raíz en el mismo ser divino, en el Dios que es Amor.
En
Dios, el amor es plenitud desbordante de la cual proviene la bondad de su
voluntad. De esa voluntad divina es que emana el ser existencial de las cosas:
el ser de las cosas llamadas a la existencia por la libre y amorosa voluntad de
Dios, por su sola gratuidad amante. Y esto opera así aunque la libre voluntad
creadora de Dios esté dirigida por su inteligencia (Logos divino), dicha
inteligencia está conducida por su voluntad.
Dado
lo anterior es que sólo a partir de la afirmación "Dios es amor",
se hace comprensible que Dios no se quede eternamente encerrado dentro de si,
sino que profiera la creación entera, según la imagen del Verbo eterno y que
quiera mostrar su rostro en el Verbo Encarnado. Sólo a la luz del Dios-Amor se
esclarece el misterio de la Encarnación y, correspondientemente, el de la Creación. De este
modo, es claro que el atributo primario de Dios no es su inteligencia o su
voluntad, sino el amor.
Para
intentar comprender esta realidad, decisiva, del amor en Dios y en el hombre se
ha hecho clásica distinguir entre: amor-eros y amor-ágape y a ambos
describirlos con dos notas caracterizantes cada uno. Veamos esto con más
detalle:
·
Amor-Eros: es, primeramente,
constitutivamente indigente, pues anda siempre en procura de algo que le falta.
Esta característica del amor-eros se deja ver en el amor diario de los sexos
que mutuamente se complementan y también en el artista, permanentemente
inquieto por llegar a la meta de la belleza ideal a la que aspira. La otra nota
caracterizante del amor-eros es su irresistible poder, ante el cual todo se
doblega. El ejemplo nos lo proporciona Platón que para sacar a los encarcelados
de la caverna y llevarlos a la luz, considera que lo único eficaz es el
omnipotente eros.
·
·
Amor-Agape; su primera nota caracterizante
dice relación con su ser esencialmente inmotivado; es para donación, tal
liberalidad. Da porque quiere dar, por benéfica condescendencia. Es la Bondad
del ser que hace donación de sí. Su segunda nota caracterizante es su capacidad
creativa, por la que quiere exclusivamente el bien del amado, buscando siempre
hacerle mejor, hacerle ser más. Sólo el amorágape explica la condescendencia de
Dios al crear y su mayor condescendencia al hacerse menor y venir a habitar con
el hombre, haciéndose como el hombre y lograr así, por la Encarnación, la
divinización - liberación - salvación del hombre. El amor-ágape es el típico
amor cristiano, la nueva vía abierta por el Evangelio.
El
amor visto desde la perspectiva cristiano-evangélica va a comportar toda una
novedad respecto de las concepciones precedentemente históricas, especialmente
de la griega.
Los
griegos conceptuaron el amor como un mero apetito y siempre con necesidad de
algo, por tanto, comportando siempre indigencia. Es por esto que no podían
atribuir el amor al ser perfecto. En la antropología griega, el amor es
considerado siempre "inferior" a la racionalidad. Lo
central para los griegos es, consecuentemente, la ley y la justicia y no la
misericordia.
Por
su parte, el amor cristiano se sitúa en un plano superior a toda la esfera de
la racionalidad, pues, de suyo, aporta al hombre más felicidad que todo
procedimiento racional. Además, a la luz de la parábola del "Padre
Misericordioso" (Lc 15), el amor cristiano rompe con la antigua idea
de justicia, centrada en las leyes de la vida impulsiva y natural, expresadas
en el odio al enemigo, la venganza y la compensación, para centrarse en la
realidad de la misericordia.
Lo
esencial del amor cristiano es el cambio de dirección motriz respecto a la
concepción moral de los antiguos, para quienes el amor es aspiración-tendencia
de inferior a superior, de imperfecto a perfecto, de informe a forma. En esta
perspectiva, el amor es sólo un camino, un método, que lleva al Primer Motor
que atrae hacia sí con fuerza irresistible.
La
concepción cristiana va a invertir radicalmente el concepto de amor en la
Creación y más aún en la Encarnación: el Creador cristiano no es "primer
motor", sino el que da el ser a toda creatura por pura benevolencia.
Dios crea no por indigencia, sino movido tan solo por su liberalidad.
Dicha
inversión llega a su clímax en los acontecimientos de Galilea y Jerusalén, en
la Encarnación y Pascua de Jesucristo, frente a los cuales va a perder todo
sentido la tesis de amar a los buenos y odiar a los malos. Aquí hay que amarlo
todo, hasta al malo para hacerlo bueno. Con todo esto se manifiesta el "Summum
Bonum", no sólo como el ser que se comunica, sino como la Persona que
no tiene nada sobre sí, sino que todo lo que existe es fruto de su acto amoroso
y creador.
Es
de esta forma como se verifica el paso del amor-eros, aspiración e indigencia,
al amor-ágape, pura entrega y donación y libérrimo desprendimiento de las
insondables riquezas anidadas desde siempre en la divinidad.
Esta
concepción sinfónica del amor cristiano, como amor-ágape a todos y a todo,
perdió durante muchos siglos algunas de sus mejores melodías:
·
Frente
al entusiasmo griego ante la naturaleza, el sentimiento cristiano se repliega,
originando una gran desvitalización de la naturaleza frente a la poderosa
exaltación del hombre, ser espiritual por encima de la naturaleza. Esta
queda estigmatizada como pagana. se elimina, por siglos, toda unión afectiva
con la naturaleza.
·
El
Movimiento Franciscano empieza a despertar de nuevo, aunque fugazmente, la
relación de hermandad del hombre con la planta, el animal, el viento, la nube.
·
En
este "aminoramiento" del contacto con la naturaleza, contacto
que es obra del amor divino, ha pesado mucho el viejo dualismo de carne y
espíritu, originando una mística cristiana "acosmística" y
"espiritual" del amor.
·
La
mentalidad moderna, posterior a Francisco, se ha acercado al cosmos con una
doble mentalidad: lo ve regido mecánicamente por leyes eternas o se sumerge en
el mundo con una sensibilidad panteísta.
b)
La amorosa visión cósmica de Francisco
En
su relación con el mundo-naturaleza-universo, Francisco va a poner en juego
toda su simpatía para con las cosas y las creaturas. Desde la simpatía, como
apertura profunda, Francisco se abre al mundo y, sobre todo, al hombre. La
amplitud de ésta es tal que, en Francisco, se puede hablar de "simpatía
cósmica".
Esto
es posible, ya que Francisco hace una síntesis vital, dando unidad a la mística
del amor misericordioso, acosmistico y personal, con la unificación afectiva,
vital y cósmica, con el ser y la vida de la naturaleza.
De
este modo se unifican en Francisco el amor cristiano (amnimisericordioso,
acosmísitico y personal) y el amor griego (unificación cósmica con el ser y la
vida a través de la afectividad). En Francisco se produce el encuentro entre
Eros y Agape.
Esta
unificación hace que Francisco, sorprendentemente para su época, llame
hermanos/hermanas al sol, la luna, el agua, el fuego, los animales y plantas de
toda especie. Con esto, Francisco expande la emotividad cristiana del amor a
Dios como Padre y al hermano y prójimo "en" Dios,
extendiéndola a la entera naturaleza no-humana.
Con
esto, Francisco revierte la doctrina cristiana, tradicional en su época, que
había distanciado al hombre de la naturaleza no-humana, no-racional, pues
sostenía sólo al hombre como receptor de la gracia sobrenatural. Para
Francisco, por el contrario, las cosas por sí mismas tienen sentido expresivo,
pues el sol, la luna, el viento, en Francisco, son hermanos y hermanas, porque
a su modo están también en relación inmediata con su Creador y Padre, como
seres existentes en sí, además, lo están con valor enteramente propio, pues
cada una participa, a su medida, del Ser Pleno. Al respecto, basta leer no sólo
el Cántico de las Creaturas, sino también, y especialmente, la Admonición Va.
A
partir de un relacionamiento afectivo-simpático con toda la creación, Francisco
va a proponer su "originalidad" frente al sentimiento
cristiano hacia la naturaleza, según lo vivió y lo expresó el cristianismo
primitivo, la patrística y la tardía edad media.
Lo
"original" y "nuevo" de Francisco, viene dado
por las siguientes características:
·
La
cosa natural por su existencia y esencia objetiva es símbolo, índice, señal,
indicio que lleva al Dios personal. Así, las cosas de la naturaleza son
referencia a Dios en si mismas, por tanto, no necesitan que el hombre las
reflexione y las convierta en parábola para referirlas a Dios.
·
·
La
naturaleza no es el reino de las cosas o de las causas formales, sino una
totalidad viviente en la que la vida divina toma cuerpo en las cosas, se
expresa en sus fenómenos y procesos.
·
·
Dios
no sólo es pensado y vivido como Señor-Creador de la naturaleza no-humana, y
Padre sólo del hombre, sino que es pensado y vivido también como Padre
Bondadoso de las cosas naturales, las que al igual que los seres humanos están
en relación co-filial con Dios. De aquí surge la relación de fraternidad del
hombre con todas las cosas y de todas las cosas con el hombre.
En
su experiencia de simpatía y amor cósmico, Francisco descubre, por último, el carácter
sacramental de toda vida y realiza una particular síntesis entre Eros y Agape,
espiritualizando la vida y vivificando el espíritu.
Bibliografía
M G. SIGIFREDO ENRÍQUEZ MARTÍNEZ